sábado, 22 de julio de 2017

La Casa del Diablo

Hace ya más de medio año que dejamos Halloween atrás... Sin embargo, no podemos olvidar algo que nos aconteció aquella noche, oscura y silenciosa como pocas. Pasaba la medianoche cuando el equipo de Excursiones para Normales acababa en medio de la más absoluta nada, buscando un lugar donde tomar fotografías nocturnas sin más interés que ilustrar algún relato de acuerdo a las circunstancias. Por ello, anduvimos largo rato por caminos, hasta ese momento, desconocidos... El coche atravesaba la tiniebla, afortunadamente, sin dudar, mientras el resto nos íbamos dejando llevar por la idea de buscar algún lugar tranquilo, sin bullicio, aquel que permitiese extraer la instantánea perfecta para una noche perfecta. Y sí, lo logramos, aunque fue todo demasiado rápido... Tanto que, lo que en un principio iba a ser un relato ficticio, se transformó en algo mucho más tangible... Mucho más aterrador:


"(...) Tras aquellos roídos muros, se alojaba el mismísimo diablo, y la gente no hablaba por hablar: tan sólo con acercarte, podías ser capaz de escuchar el sonido de la muerte (...). Los murmullos provocaban que las aves volaran despavoridas... Que los gatos huyesen con el rabo entre las piernas... Y que los humanos prefiriesen cambiar su rumbo si su destino se hallaba en los aledaños de esta construcción (...). Aquella noche, se escuchaban murmullos tras sus muros, también alguna luz que se movía nerviosa por sus estancias, pero que rápidamente se apagaba, y regresaba el silencio... Ese silencio más propio de las noches invernales (...). Nada ni nadie osaría a perturbar aquella paz... O, quién sabe, aquella guerra... Salvo un grito ahogado, un alarido incapaz de identificar... El cual me llevó a cruzar la desgatada puerta de madera, clavando miles de astillas en mi brazo... Tantas que el siguiente alarido fue mío... El siguiente y último (...)."


Sí, tomamos algunas fotos, pero abandonamos el lugar rápidamente, no se sabe si paralizados por el miedo que provocaban en nosotros aquellos murmullos o la extraña luz que iba y venía, serpenteando de aquí para allá, nerviosa y ansiosa como nosotros mismos. Varias semanas después regresamos, esta vez, a plena luz del día, y no fue nada sencillo tener que salvar montones de obstáculos para acceder a aquella vivienda que, desde Halloween, había quedado bautizada bajo el nombre de la Casa del Diablo. Tal y como ya habíamos observado, ventanas y puertas de madera roída amenazaban con rasgarnos la ropa, mientras montones de basuras abandonadas a su suerte impedían el acceso por la puerta principal, justo donde unos viejos corrales y un árbol moribundo te dan la bienvenida.


La Casa del Diablo se encontraba en muy pésimas condiciones de conservación: justo a la entrada, lo que parecían ser dos cuartos de baño se abrían paso entre multitud de escombros, ahora, perfectamente comunicados gracias al derribo del tabique que los separaba. Seguir recorriendo sus estancias era oler el fuego, los restos de humo y carbonilla, acumulados en el salón... Desconocemos qué de divertido tendrá el hecho de realizar hogueras en propiedades abandonadas, con el peligro de incendio que ello suscita. Sin embargo, la chimenea expresaba totalmente lo contrario: la negrura de suelo a techo demostraba que aquella estancia había sido víctima de alguna actividad de ocio y de algún que otro acto vandálico.


Tampoco hizo falta tomar la puerta de acceso a la cocina para alcanzarla... Alguien mucho más rápido había abierto un "atajo", derribando el tabique principal. Ni rastro de mobiliario: tan sólo azulejos y una salida de humos bastante moderna:


La cocina contaba con una salida hacia un exterior repleto de precinto policial... Varias zonas de la vivienda estaban precintadas, seguramente por contener agujeros, pozos o peligros en el terreno:


Desde la parte trasera de la vivienda fuimos capaces ya no sólo de observar algunos restos de mobiliario, abandonados a su suerte, sino de acceder a otra casa, como construida de forma anexa, con sus habitaciones y su más que perjudicada planta superior. Subir hasta allí se convirtió en una odisea, ya no sólo por lo estrecho y decadente de las escaleras, sino porque la combinación techo-suelo era prácticamente inexistente: era como caminar por el aire, degustando el sabor del peligro desde sus balcones, hoy en día, hechos trizas, tanto o más que la terraza. Nos desplazábamos, prácticamente, de puntillas, con el miedo de  caer por nuestro propio peso, de disfrutar de tierra firme antes de lo previsto.


Y, justo en ese momento, comenzamos a percibir aquel olor... Un tanto desagradable, fuerte e irrespirable. No tardamos en descubrir la verdad de aquel olor: cientos de sacos de 25 kilos de azufre blanco yacían bajo una especie de techado, Dios sabe desde cuando, pero seguro que desde hacía muchísimo tiempo... La meteorología y el vandalismo se había cebado con ellos, y ahora permanecían allí, sin dueño, solos y vagabundos. Habíamos llegado hasta el olor del mismísimo diablo y, en en ese momento, no había vuelta atrás... Estábamos completamente impregnados de aquel aroma nauseabundo.


Sin embargo... Aquello no era todo lo que quedaba por descubrir...

[Continuará... ]

domingo, 25 de junio de 2017

La Casona del Fantasma Burlón

Hacía ya algunos años que este extraño lugar, muy conocido por los vecinos de la zona, había sucumbido ante las llamas: la Casona del Fantasma Burlón, tal y como hemos querido bautizarla, ha sufrido un importante deterioro físico desde su incendio a mediados de 2015, posiblemente, originado en la chimenea de la segunda planta. Según narran, este curioso y grotesco "palacio" era propiedad de un señor muy excéntrico que lo usaba ya no sólo para almacenar sus tesoros más valiosos, sino como taller de reparación de bicicletas. En realidad, aquellos objetos tampoco eran tan valiosos... Se habla, incluso, de un posible caso de síndrome de Diógenes, aunque no ha sido posible confirmarlo.


Aquella tarde de invierno, el equipo de Excursiones para Normales decidió desplazarse hasta allí, disfrutando el frío y la nubosidad, de aquel ambiente sumamente natural a las afueras de un pueblo de montaña. No había nadie en las calles salvo nosotros, que habíamos decidido llegar hasta aquella extraña casona sólo para contemplarla desde fuera, para reconocer sus detalles, los que la convierten en un emplazamiento especial y diferente. Los restos de aquel incendio sin control todavía se divisan: el humo tiñó de negro los detalles, pinturas, dibujos y objetos que, aún a fecha actual, siguen ahí, sin que nadie se haya atrevido a expoliarlos.


Lo primero que consiguió llamar nuestra atención fue la gran cantidad de basura acumulada en los aledaños de la vivienda: cubos de pintura vacíos, peluches mugrientos, restos de bicicletas, maquinaria industrial, varias plantas marchitas, mobiliario de hogar, bolsas de basura... Absolutamente todo lo visible se enredaba con la vegetación, que ya había crecido sin censura, como si aquello fuese un bosque encantado... O, más bien, la reminiscencia de un vertedero. 


Quizás, lo más macabro de todo todavía estaba por llegar: montones de muñecas de plástico, sucias e, incluso decapitadas, se hallaban atadas a las rejas de las ventanas. Algunas yacían de espaldas, simulando una posición de ahorcamiento, mientras montones de basuras y de bolsas rebosaban entre los pocos huecos que quedaban en las ventanas, como si dentro no cupiese ni un sólo alfiler.


Justo detrás de aquel palacio, el río... Un río de agua clara... Con muy poco contenido pero al que era muy sencillo adentrarse. El frío del invierno mantenía aquellas aguas a temperaturas muy bajas, lo que refrescaba más aún sin cabía aquel ambiente tan extravagante. Las aguas parecían más relajadas que nunca, apenas se movían por el viento... Es como si nada pudiese perturbar aquella paz... Nada.


Nada podía retenernos allí... Era imposible acceder a su interior, pero no ofrecer algunas letras... De esas que calan hondo... De una casa cuyo número de portal se encontraba dispuesto al revés...


"(...) Qué sensación tan macabra observar todas aquellas muñecas, algunas de ellas, ahorcadas, con la mirada perdida, que yacían amarradas a los barrotes de una vivienda cuyo número identificativo se encontraba colocado boca abajo (...). Se desconocen las causas del incendio que calcinó aquellos muros, pero allí siguen las muñecas, inamovibles, como el resto de peluches y enseres, los cuales parece que nadie se ha atrevido a retirar... Ni tan siquiera a tocar: cualquiera de esos objetos siguen en el punto estratégico que llevan ocupando todos estos años, junto a un río del que el agua también parece haber huido (...). Recuerdo haber cambiado de posición alguno de esos sucios muñecos de felpa y, desde aquel momento, ya nada fue igual... Nada (...)."


"(...) Hace apenas unos meses, aquella vieja morada sufrió un incendio... Quien sabe si provocado, con la intención de librarse de ese algo que, aún a día de hoy, nadie se atreve a mencionar (...). Parece que, desde que el fuego intentarse devorar, sin demasiada fortuna, la historia y conciencia de aquel lugar, los vecinos habían perdido, más si cabía, parte de su memoria... Ya nadie recordaba nada... Ya nadie quería sentir que los escalofríos recorriendo su espalda (...). Mucho mejor así (...). Cada día y desde hacía varios años, seguía el mismo trayecto... Si era necesario, desviaba de mi ruta habitual sólo para observarla desde la lejanía, dejando que mi truculenta imaginación hiciese el resto: objetos que se movían solos, risas malvadas, gritos ahogados a media noche... Cualquier suceso reactivaba mi ansiedad por conocer los motivos que llevaron a su propietario a abandonarla sin mirar atrás (...). Por todo ello, abandoné mis miedos: sucio de hollín y con la única compañía de mi linterna, tomé la equivocada decisión de adentrarme en un mundo desconocido... Comprendiendo por qué los vecinos de los aledaños habían preferido abandonarse al olvido (...). Esa risotada malvada parecía taladrar los tímpanos, mientras una densa manta de oscuridad impedía seguir avanzando (...). Todo aquello era negro... Demasiado negro (...)."

viernes, 23 de junio de 2017

La Residencia de los Susurros

Finales de diciembre... 8 y media de la tarde y un frío que helaba los huesos... En ese contexto tan complicado, el equipo de Excursiones para Normales se movilizaba hasta la zona norte de la provincia, en busca de un lugar rodeado de sombras, negrura y opacidad. Hace aproximadamente un año, nos llegaron las primeras informaciones de este sitio, el cual decidimos bautizar como la Residencia de los Susurros: una curiosa intrusión se colaba en la grabación de vídeo de un compañero que había decidido irrumpir a media mañana en aquella demacrada y calcinada edificación la cual, según los datos disponibles, había conformado una residencia de ancianos. Tal y como nos habían comentado, un cristo de piedra aparecía decapitado justo a la entrada del edificio, lo que le otorgaba un aura de misterio un tanto especial y diferente...


La noche había caído hacía horas, una noche fría y oscura... Ni un ápice de luz, ni un resquicio de luna... Nada salvo el pequeño haz de luz de nuestra linterna, bastante débil, el cual se abría paso entre la maleza, un tanto húmeda por las recientes lluvias. Se hacía muy extraño sentir aquel rocío bajo nuestros pies, mientras dirigíamos nuestros cinco sentidos a aquella edificación, solitaria, vacía y, sobre todo, grotesca, la cual, en cierto modo, frenaba nuestros pasos. El aire frío azotaba nuestros rostros, y de una forma eternamente agradecida, lo respiraba... Y sentía que recorría todo mi cuerpo, desde la boca hasta el estómago. Enfriaba por completo mi interior en un momento en el que percibía que algo no iba del todo bien. 


Nos adentramos por la puerta principal, mientras dos de nuestros acompañantes habían decidido esperar en el coche, dándonos algo de luz desde la lejanía. Fueron mucho más cautos a la hora de evitar aquella construcción deforme, maltrecha y en venta... ¿Quién, en su sano juicio, podría adquirirla sino para eliminarla cuanto antes? Su esencia, tan macabra y fúnebre, había conseguido secarme por dentro, como si me hubiese arrebatado algo que me pertenecía y que jamás fuese a recuperar. Mis ganas de hablar se habían ausentado tras cruzar aquel umbral... Incluso, comencé a sentirme algo mareada y distante de todo cuanto me rodeaba. Recordarlo me devuelve a aquella tarde invernal donde, asumiendo todo riesgo, volvería sin ninguna duda.


Tres plantas se abrieron ante nosotros... Anexos construidos con posterioridad en lugares insospechados completaban aquel edificio, devorado por la naturaleza y la tristeza. Todavía apestaba a quemado, como si hiciese relativamente poco que alguien hubiese decidido poner fin a sus restos sin demasiado éxito... De hecho, muchos eran los atisbos que obligaban a pensarlo, como la negrura en prácticamente la totalidad de las paredes que se mantenían en pie.


Una siniestra capilla perduraba en la planta baja... Incluso, un altar volteado y el hueco que, en su día, ocupase un crucifijo, llamaban la atención desde el primer momento... Y me obligaron a tragar saliva una vez más. Aún quedaban azulejos a media altura, de diversos colores, formas y tamaños, como si todo aquello hubiese sido puesto en marcha de forma rápida, inminente, en la década de los sesenta como muy tarde. Ni tan siquiera fuimos capaces de avanzar hacia el altar mayor... Era algo que quedaba, prácticamente, fuera de nuestro alcance, como si algo frenase nuestra intención... Nuestras ganas de ir más allá de lo desconocido.


Unas sucias y aterradoras cocinas se hallaban frente a nosotros... Su
imagen, jocosa e, incluso, algo sarcástica, me hicieron dar un paso atrás. Todos aquellos colores, formas y figuras parecían haber despertado en mí un punto de coulrofobia, esa fobia o miedo irracional a los payasos que, en realidad, se basa en la gran cantidad de colores que llevan en sus vestimentas. Por un momento, el tiempo parecía haber vuelto atrás más de medio siglo... Sentí en mí la tristeza de unos ancianos en medio de la más absoluta nada... De un campo abierto, de una era, sin familias, sin amigos... Solos tras las rejas de aquellos ventanales.


Subir a la segunda planta no fue nada fácil... Las escaleras, laberínticas y claustrofóbicas, combinaban muy mal con la deficiente iluminación... Lo peor, quizá, llegó en aquel momento: el resto de una lápida que decía, literalmente, "de tu esposa y nietos" se hallaba bajo nuestros pies. Fue en aquel momento cuando no pude seguir adelante... Me dejé llevar por aquella sensación tan extraña y me senté sobre los escalones... Cerré los ojos y volví a respirar ese aire frío, aquel que hacía unos minutos me había enfriado por dentro. Sentía que las piernas me flaqueaban, y hubiese querido no volver a moverme de allí jamás.


No sé cuánto tiempo pasé en aquella posición, con mi cámara encendida y la linterna en la mano. Tampoco recuerdo cuándo decidimos armarnos de valor para seguir adelante en aquella extraña expedición que no me estaba dejando un buen sabor de boca... Sólo sé que me levanté y seguí atravesando enormes y coloridas estancias, todas ellas, supervivientes de una multitud de incendios que, a fin de cuentas, no habían acabado con ellas. ¿Será eso cierto, de que mala hierba nunca muere? ¿Aquellos angustiosos y reducidos espacios eran, en realidad, cuartos de baño?


Subimos a la tercera planta con un gran pesar, una tristeza inexplicable. Allí todo estaba a medias de construir: paredes y escaleras en ladrillo vivo, sin enlucir, con una coloración que oscilaba entre el gris cemento y el rojizo del barro. El suelo parecía estar construido, también, con los restos de las lápidas de un cementerio cercano... Aquello se había convertido, como mínimo, en una zona de velatorio de cientos, quizá miles, de fallecidos cuyas familias habían decidido recordar a través de inscripciones en sus tumbas. Ahora, esas tumbas forman parte de un suelo pisoteado por otros.


Unas breves letras me sobrevinieron aquella noche oscura... 

"(...) Prometí volver... Pero, en esta ocasión, ni tan siquiera me atreví a formular preguntas: desde la última vez, estaba todo dicho (...). Además, esa tarde había anochecido demasiado rápido... O quizá era yo, que había esperado ansiosamente el anochecer con el único fin de que alguien o algo más allá de mi mundo iniciase una conversación que permitiese saldar una cuenta pendiente (...). Me movía lentamente, poniendo mis cinco sentidos en cada paso... Hasta que un ligero ruido me sobresaltó (...). En esa ocasión fui yo... Sí, yo mismo... Que había osado a cruzar demasiado rápido por delante de una ventana, mientras una ráfaga de viento sopló con fuerza y me obligó a pisar algunos escombros (...). Me senté en las escaleras, en completo silencio, observando los restos de aquella lápida en el suelo, mientras una voz indescriptible rompió aquella dinámica justo cuando el flash impactaba sobre la esposa y los nietos (...)."

Cuando marchábamos volví a girar la cabeza para mirar, desafiante, aquella Residencia de los Susurros...

lunes, 1 de mayo de 2017

Los Amantes de Teruel

El Mausoleo de los Amantes, ubicado en la Iglesia de San Pedro de Teruel, es un lugar que rebosa romanticismo y tristeza a partes iguales. Cargado proporcionalmente de historias, misterios y leyendas, todas ellas giran en torno a una peculiar historia de amor, una de esas memorables, capaces de romper el corazón pero que, en el fondo, tocan la fibra sensible y obligan quebrantar el tercero de los pecados capitales, ese que se hace llamar envidia. Si bien es cierto que nadie muere de amor por nadie, Juan Martínez de Marcilla rompió las reglas de una forma sin igual: manuscritos datados de finales del siglo XIV le conceden la facultad de fallecer por la ausencia de un beso de su amada, Isabel Segura... Y allí yacen sus cuerpos, ya corroídos por el paso de los siglos, bajo unas monumentales esculturas de alabastro creadas por Juan de Ávalos.


Es indiscutible que el régimen franquista acabó por impulsar la carrera de este escultor extremeño, quien destacó dentro del movimiento contemporáneo como representante de la corriente figurativa gracias a su tremenda capacidad para lograr figuras identificables, reconocibles, verosímiles y realistas. Tras representar el conjunto escultórico del Valle de los Caídos, de Ávalos acabó consolidándose gracias a esa serie de descomunales y magistrales obras de temática religiosa que, aún a día de hoy, presiden el mayor de los monumentos conmemorativos de la Guerra Civil, donde tanto Franco como José Antonio Primo de Rivera yacen enterrados junto 33.872 combatientes pertenecientes a ambos bandos. 


Inaugurado en 2005, el mausoleo se ha convertido en un verdadero icono turístico de la ciudad de Teruel, además de por sus especiales características, por su ubicación en una ampliación barroca del siglo XVIII de la que fuese la Capilla del Sagrado Corazón de la Iglesia de San Pedro. Juan de Ávalos esculpió tanto los sepulcros donde reposan las momias como las esculturas de los amantes en el año 1959 bajo la premisa de plasmar una serie de símbolos ligados a la historia de un amor imposible que, durante siglos, ha saltado fronteras: tras ser rehazado por la familia de Isabel debido a su bajo estatus socioeconómico, Diego marcharía muy lejos para enriquecerse; sin embargo, y a su regreso, Isabel ya se había casado con otro hombre, y le negó un beso, cayendo muerto Diego en ese mismo momento... Isabel moriría a sus pies el día del funeral, tras darle el beso que le negó en vida.


Es posible que todo sean leyendas urbanas... Que nadie cayese muerto por un beso o que ni tan siquiera sean los cuerpos de Diego e Isabel los que reposen bajo aquel mármol blanco. Sin embargo, las líneas de este amor imposible quedan patentes en los componentes de ambas esculturas: mientras la de Diego refleja valentía y osadía, Isabel hace lo propio con la obediencia y la pureza, roles de género del siglo XIII exquisitamente representados. En el conjunto, se representa la muerte de Diego previa a la de Isabel, con los pies tapados con una mortaja, mientras sus cabezas aparecen ladeadas, sin llegar a mirarse, y sus manos muy próximas, sin llegar a tocarse... Amor imposible y fría serenidad en un entorno cargado de idealismo. 


El tamaño de ambas esculturas es monumental y, su ubicación, más que excelente: una cúpula de linterna sobre pechinas de vivos colores permiten contemplar las imágenes de Diego e Isabel desde cualquier perspectiva, haciendo de cada instantánea un arte y, de cada leyenda, una parte de la historia a recordar. La iluminación es tenue y, la temperatura, fría, contribuyendo a esa esfera fúnebre, triste pero romántica, donde cada detalle tiene un significado propio y un elemento con el que interactuar.


La visita a Teruel cuenta con una parada obligatoria más allá de los museos y de la Fuente del Torico: los Amantes de Teruel, con el realismo de sus esculturas, la leyenda sobre su muerte y las momias en cuerpo presente ofrecen un toque misterioso poco común gracias a la combinación entre tradición y arte. La historia de amor imposible de Diego e Isabel se mantiene viva con el paso de los siglos... Y en Teruel está la muestra.