lunes, 10 de octubre de 2016

La Casa del Pentáculo

Villa Planes no fue el único destino de aquella tarde de verano... Sólo era el primero, el primero de muchas otras posibilidades, las cuales iban apareciendo al azar, como papeles extraídos de un saco por una mano inocente. El recorrido seguía avanzando al compás de la tarde, mientras nos desplazábamos con el equipo completo en busca de nuevas aventuras, de nuevos rincones que fotografiar... De nuevos atardeceres que disfrutar. Casi de casualidad, y tras un conjunto de frondosos pinos, aparecería un regalo muy especial, algo que bajo ningún concepto esperábamos encontrar... Delante de nosotros, rodeada de sombra y oscuridad, emergía casi por sorpresa la Casa del Pentáculo, un nombre comprensible si nos centramos en la cantidad de secretos que escondía tras su ingenua apariencia.


El camino de acceso era frondoso... Sin embargo, conseguimos alcanzarla, no sin antes localizar numerosos huesos de animales en nuestro trayecto. Los signos de ocupación reciente eran más que evidentes: mesas, sillas, bidones y pintadas modernas rodeaban la Casa del Pentáculo, una construcción de reducidas dimensiones y camuflada por la maleza, derruida por el paso de tiempo pero cuya esencia y puerta de entrada permanecían, contra todo pronóstico, intactas... Además, y en el caso de ésta última, abierta ante la adversidad, dispuesta a recibir nuestra visita sin prejuicios.


Con el pensamiento de que alguien pudiese habitar tras sus muros, nos adentramos sigilosamente, uno por uno, guiados por ese olor tan característico a pino y a humedad... Todo ello hasta alcanzar un recibidor bastante amplio, que recogía los restos de paja que iban asomando de las habitaciones colindantes, como si en alguna época no demasiado lejana hubiesen albergado algunos animales. Igualmente, y en el transcurso de nuestro camino, localizamos algo que despertó casi milagrosamente nuestra atención: un pentáculo, dibujado en el suelo a mano alzada y utilizando tiza, había decidido mantenerse allí, junto a la chimenea... Un ojo de Dios y una espina de pescado eran los únicos símbolos que podían discernirse con claridad de un dibujo que mantenía fija nuestra atención.


Casi sin pisar aquella simbología tan curiosa, seguimos avanzando hacia la parte trasera, por desgracia, completamente derruida... Las vigas habían cedido, y los ladrillos de una posible reforma posterior se agolpaban unos encima de otros, junto a los restos de la uralita, ahora troceada por el paso del tiempo:


Avanzamos, pues, hacia la planta superior... Sigilosamente, tratando de no dejar huellas, ni mucho menos, pisar unos de los tantos papeles, originales y manuscritos, que se distribuían sin ton ni son camino a la buhardilla: 


Una vez arriba, nos dimos cuenta que lo que, lo que a simple vista parecía una pequeña vivienda, era capaz de albergar algunas estancias más, casi en secreto, tras sus muros. Había restos de paja por todas partes, así como folios y más folios... Más o menos sucios, además de multitud de cajas de fruta apiladas y repletas de botes de cristal. A su vez, una de las habitaciones parecía cerrada a cal y canto... No sólo tuvimos que abrir la puerta sino que, en su interior, la ventana estaba completamente tapada con un cartón... Allí no entraba la luz del sol.


Curiosamente, las escaleras contaban con una bonita cenefa, posiblemente, pintada a mano... La cual todavía se conservaba, al igual que las del resto de las estancias inferiores:


No quedaba mucho más que ver... Pero sí por escribir... 

"(...) Algo más que una vieja puerta de acceso permanecería abierto durante aquella tarde de verano... Cruzar el umbral, escuchar ese particular chirriar de las bisagras oxidadas y posar un pie en su interior se convertiría en algo más que un cúmulo de sensaciones inexplicables (...). Montones de manuscritos cubrían el suelo, tanto que se hacía casi imposible caminar sin pisar alguno de esos papeles repletos de tinta azul, de ideas... De conocimientos (...). Tan sólo una zona se mostraba impasible, sin cubrir, sin posibilidad alguna de cambio... Ese pequeño espacio, en aquel momento, decorado con una especie de talismán, se negaba a pasar inadvertido: sus líneas desdibujadas preferían permanecer contra espacio y tiempo, dando a entender que aquel portal permanecería abierto por mucho tiempo... Quizá, demasiado (...)."