jueves, 23 de junio de 2016

La Casa de las Palmeras

Maravillosas joyas abandonadas rodean nuestras vidas, ocultas tras la maleza, abandonadas a su suerte... Hace mucho tiempo que la luz no se atreve a entrar en ellas, que prefiere no cruzar el umbral de sus pórticos principales para no perturbar la paz y el silencio que las rodean... Sin embargo, ello nunca impedirá que las rescatemos del más absoluto olvido... Que, desde el pasado, las traigamos al presente, y las hagamos brillar con luz propia, esa que en realidad las caracterizó en algún momento. Hoy hacemos un alto en el camino para adentrarnos en la Casa de las Palmeras... Quizá no tenga una espectacular historia que contar, y puede que tampoco sorprenda con interesantes rincones... Sin embargo, lo que sí sabemos es que tiene una importancia, la suya propia... Esa que nunca abandonará.


Llegamos allí sobre media mañana... Y el calor comenzaba a ser asfixiante. De hecho, ni una sola sombra parecía que iba a cubrir, en un principio, nuestras intenciones de explorar. Tanta era la luminosidad ambiental que enseguida supimos que tomar fotos se convertiría en toda una odisea, por lo que comenzamos a desempolvar el objetivo en los restos de una antigua vivienda cercana... Poco quedaba de ella: había sido demolida y apenas podíamos pisar sus cimientos, hoy en día, repletos de maleza y restos de vida, pero algunos de sus rincones parecían el mismísimo escenario de una película de terror.


Profundas y oscuras humedades corroían las paredes... Se deslizaban desde lo que en su día pudo llamarse tejado, otorgándole un aspecto tétrico, solitario... Un tanto desolador. Si a todo ello sumamos los restos del incendio y la negrura propia de una habitación tapiada, el resultado no podía ser más terrorífico: en apenas tres estancias maltrechas, el miedo y la soledad encontraban cabida casi en cualquier rincón... Desde cualquier ángulo era posible obtener una sensación oscura, de esas que impregnan la piel y el corazón, de las que resulta imposible liberarse hasta pasado un tiempo...


Bajo aquella solana insuperable, nos dirigimos hasta nuestro verdadero destino cruzando, como su nombre indica, los restos de una serie de palmeras moribundas. En su día, esas palmeras flanqueaban la entrada principal de una vivienda unifamiliar de moderna construcción, no excesivamente lujosa a simple vista, cubierta por una maravillosa tonalidad naranja, cálida como un cálido abrazo, acogedora... Era una de esas casas en las que merece la pena vivir, disfrutar de un buen café pegado a la chimenea en un duro día de invierno, o escuchar el repiqueteo de las gotas de lluvia en el exterior... En la más absoluta soledad.


La realidad hoy en día era muy diferente... La casa ya no tenía habitantes, nadie ya disfrutaba de duros inviernos, ni en soledad ni en compañía: rejas y ventanas habían desaparecido, y las malas hierbas recubrían el hermoso mosaico de suelo que rodeaba la vivienda. Las plantas continuaban creciendo a sus anchas, sin prejuicios y sin preguntas, tomando incluso la antigua terraza de verano, que en su día contaba con un porche aparte y su propia barbacoa. La rodeamos buscando aberturas, pero sólo encontramos ventanas... Ventanas abiertas hacia el infinito, que nos recibirían con los brazos abiertos.


El viejo salón parecía un guiño a la indignación... Vacío y rasgado, un sofá destrozado yacía frente a los restos de una chimenea no en mejores condiciones... Sólo un sofá, rodeado de restos de víveres y de latas de cerveza, ajado por el paso del tiempo y la mano humana, solo y degradado junto a montones de persianas bajadas. Otro sofá se encontraba en la cocina, una de ellas, junto a viejos muebles y restos de basura. La puerta principal, ahora totalmente tapiada, todavía lucía los restos de un mármol caro...


Una segunda cocina, esta vez, completamente reformada, también se hallaba en esta planta baja... Aún quedaban algunos armarios e, incluso, restos de víveres. También un baño, casi tan grande como la cocina... La bañera había desaparecido, pero no su enorme ventanal y, ni mucho menos, el amplio mueble de baño con espejos, que yacía abandonado a su suerte en medio de aquella estancia deforme, sin lavabos... Sin vida. Daban unas ganas irrefrenables de sentarse allí, en medio de aquel suelo derrumbado, a respirar el pesado olor de la soledad... 



La planta superior fue un verdadero descubrimiento. Se trata ya no sólo del parqué que cubría absolutamente todos los suelos y que demostraba que el anterior habitante quería convertir aquel lugar en su hogar a cualquier precio: eran todos aquellos grafitis, enormes y coloridos, capaces de enmascarar techos y paredes de una forma totalmente inesperada. Pasillos y estancias quedaban cubiertos de aquella forma tan peculiar de arte, reciente, todavía húmeda, de la que no se habían salvado ni el interior de los armarios empotrados.


El olor a pintura fresca impregnaba el ambiente, y trasladaba a cualquier mortal a un mundo desconocido... Al de la reivindicación, al de la denuncia social y al de la expresión artística callejera.


No tardamos en abandonar el lugar... Quedaban pendientes muchas experiencias por vivir... Muchas historias que contar... 

"(...) El terreno crujía con cada paso... Parecía que, en cualquier momento, se desmoronaría y me obligaría a caer a un pozo sin fondo... Sin preguntas, sin más posibilidades. (...) Aquél no era un lugar cualquiera... No podía serlo. Sentía el peligro bajo mis pies, y era capaz de oler mi propio miedo... Incluso de escuchar el castañeteo de mis dientes, a pesar de haber 20 grados a la sombra (...). Tantas eran las historias oídas que hubiese sido más fácil olvidarlas... Pero no: recordaba cada detalle, cada gesto, cada imagen de dolor (...). Estaban tan sumamente oscuro que era imposible no dirigirse hasta allí, pues era el único punto de luz que, al fondo... Sólo así sería capaz de guiar mis pasos hacia el mismísimo fin de los días (...). Y violé mis reglas... Y entré... A pesar de las muchas veces que había escuchado que había fronteras que mejor no flanquear... Nunca (...)."