domingo, 18 de diciembre de 2016

La Casa de la Lujuria

Los atardeceres rosados cobran especial importancia en etapas otoñales: observar pacientemente la caída del sol y su capacidad para crear ambientes se transforma en una experiencia única y diferente, de aquellas que permiten guardar buenos recuerdos, de esos que aumentan el álbum de fotografías y la caja de la memoria. Si a todo ello sumamos que, aquella tarde, la Casa de la Lujuria parecía rodeada de un aura especial, aquel experimento no podía salir mejor. Completado por luces anaranjadas y rojizas, el contexto parecía estar haciendo alusión a su peculiar nombre, perfectamente merecido en atención a su historia: sexualidad, lascivia y obscenidad son términos que han permanecido homónimos con el paso de las décadas, desatando risas, anécdotas, burlas y habladurías en una población que poco entendía de política y sí mucho de trabajo.


A pesar de la proliferación de núcleos urbanos cada vez más abundantes, una huerta flanqueada por almendros, olivos, algarrobos y viñas sigue viva con el paso de los años, manteniendo la esencia agrícola de tiempos pasados y reorganizando el presente con nostalgia... Memoria viva de tierras y pastoreo. En esa pedanía, cuatro eran las haciendas que destacaban, pertenecientes a cuatro grandes familias de terratenientes, entre ellas, la Casa de la Lujuria, popularmente conocida entre chascarrillos y cuya propiedad, al igual que en el resto de casos, ha ido pasando de mano en mano hasta su detrimento.


El acceso no resultaba tarea fácil, más aún cuando los pocos y últimos rayos de sol desaparecían a la velocidad del sonido. Sin embargo, tras aquellos árboles moribundos se hallaba una de las casas señoriales del siglo XIX que forman parte de la memoria histórica de la provincia... O lo que quedaba de ella: su grado de conservación era excesivamente deplorable, a pesar de estar recogida en el Catálogo de Bienes y Espacios Protegidos del nuevo Plan General de Ordenación Urbana. Su carácter residencial y su suntuosa decoración exterior tan sólo eran un pequeño adelanto de la cantidad de elementos solemnes que estábamos a punto de encontrar.


Desde los restos del aljibe observamos aquella antigua mansión de dos plantas, en cuya fachada todavía se conservaba un pequeño escudo nobiliario, que apenas se sostenía. Justo debajo, los restos de un viejo e inestable balcón de hierro forjado amenazaban con desplomarse mientras, un poco más abajo, una pequeña placa mantenía de una forma clara y concisa el número 29. Se trata de un número de gran potencial emocional, con una tendencia hacia los extremos, que oscila entre la paz y la aventura y que tiene fama de ser negativo... Un buen lugar para hablar de política, suponemos. Quizá era necesario encerrar esa tendencia extremista tras un muro de hormigón... Y tras una persiana cerrada a cal y canto: si bien es cierto que el muro había desaparecido en parte, la oxidada persiana prefería mantenerse en medio de aquella composición clasicista y simétrica, proporcional, de carpintería de madera y elementos tradicionales de cerrajería. ¿Qué secreto tan bien guardado debía seguir ocultando? 


La rodeamos, en busca de la mejor forma de acceder a su interior, contemplando aquellas fachadas compuestas de zócalos y molduras, de restos de pinturas rosáceas y de tejas ruinosas. Y lo logramos, de la mano de su propia historia: según relatan los vecinos, esta deteriorada estructura, abandonada a su suerte desde hace décadas, fue bombardeada durante la Guerra Civil pues, al parecer, los mandos militares nacionalistas pensaron que, en ella, se encontraba escondido uno de los presidentes del Gobierno durante la Segunda República. De hecho, y a pesar de que la crónica ha confirmado que no fue exactamente aquí donde decidiese alojarse el presidente, esa fue la razón por la cual la pedanía fue bombardeada... A ritmo de dudosa sexualidad, lujuria y fornidos encuentros en las lascivas noches alicantinas, capaces de cambiar el nombre original de la propiedad por un desagradable mote. 


Tan sólo el patio nos permitió el acceso a un lugar que, desde el principio, inspiró en nosotros la mayor de las desconfianzas... Demasiada leyenda oscura o demasiada realidad de una guerra que dejó cientos de miles de cadáveres inocentes en ambos bandos. Mirar al cielo y observar la oscuridad no ayudaba en exceso, ni tampoco todos aquellos ruidos que seguramente se debían al desprendimiento de las roídas vigas de madera. Sin embargo, nos sentíamos en la necesidad de caminar despacio, sintiendo el suelo bajo nuestros pies, posando un pie por delante de otro, mientras deformadas estancias se abrían ante nosotros... Y cientos de palomas sobrevolaban nuestras cabezas, reticentes y observadoras.


De forma incongruente, seguimos caminando, girando la espalda ante ruidos inexplicables y observando la decadencia a nuestro alrededor... Siendo testigos de los efectos de una guerra que, si bien es cierto que no alcanzó su objetivo sobre el presidente, provocó diversos destrozos y alguna que otra víctima civil. La II República se ahogaba, y casi podíamos sentirlo tras aquellos muros que, desde su construcción, pocas modificaciones habían sufrido. En ese ahogo también se encontraban los suspiros y llantos de todos aquellos que perdieron a sus seres queridos en medio de un conflicto armado... O por enfermedad, o por hambre... La nostalgia y la angustia de aquellos que lo vivieron en sus propias carnes seguía presente.


Desde la puerta principal, una escalinata en semicírculo daba acceso a la planta superior. Lucía prácticamente destruida, por el paso del tiempo y por los restos de la guerra. Sin embargo, y en algunos tramos, la balaustrada se mantenía intacta, blanquecina... De tal modo que las volutas superiores e inferiores parecían observarnos detenidamente, como los extraños que éramos. El viento se colaba por entre las vigas, generando sonidos aterradores mientras montones de palomas... ¡Cientos! Nos observaban detenidamente... Lo que sucedió después puede resumirse en las siguientes líneas: 

(...) Dos muros vedaban el acceso principal... Como si se hubiese querido impedir que algo o alguien fuese incapaz de atravesar el hormigón y la roída persiana de aluminio (...). Seguramente, son todas esas historias... Todos esos chascarrillos y anécdotas los que deben quedar en la oscuridad, en el secreto que ofrecen unas paredes que no pueden hablar (...). Hoy en día yace abandonada a su suerte, silenciosa, fiel observadora de atardeceres y hogar inequívoco de docenas de palomas reticentes (...). Recorrer sus estancias a oscuras se convirtió en una experiencia extraña, repleta de sonidos inesperados y de movimientos premeditados: cada paso rompía la tranquilidad del ambiente y obligaba a mantenerse quieto, erguido y vigilante (...). Fue entonces cuando lo notamos... Todos lo notamos desde nuestra posición... Sí, justo en aquel momento, cuando la situación dio un giro de 180 grados... Cuando parecía que el techo se iba a desvanecer sobre nosotros... Cuando, en un momento dado, montones de palomas sobrevolaron mi cabeza... Y comenzaron a observarme... A mí o a algo que permanecía a mis espaldas (...)."



Observando a posteriori las fotografías fue posible detectar la presencia de algunos orbes flotando entre ellas... ¿Polvo en suspensión? Es posible, sólo que algunas de esas presencias carecen de una explicación lo suficientemente científica, por su situación o por el contexto. ¿Será cierto entonces que la Casa de la Lujuria esconde secretos inconfesables tras aquella oxidada persiana de aluminio? Sólo el atardecer tiene la respuesta... 

martes, 1 de noviembre de 2016

La Casa de la Muerte

Domingo, 1 de noviembre de 2015... Las autoridades policiales recibieron una llamada telefónica de un hombre, alertando de la inconsciencia de su pareja debido, según a él, a un elevado consumo de alcohol. Cuando los sanitarios se personaron en el lugar indicado, el panorama es desolador: la pareja no sólo habían ocupado la vivienda y residía bajo unas pésimas condiciones, sino que había pelo y sangre por todas partes. Es previsible que la noche de Halloween no hubiese sido precisamente festiva, pues sólo pudieron certificar la muerte de la mujer, cuyo cuerpo estaba cubierto de golpes y hematomas. La policía detuvo a su pareja como presunto autor de un crimen machista, siendo previsible que hubiese utilizado un palo para tal fin... Palo que también fue localizado en la vivienda.


Lunes, 1 de noviembre de 2016... Hace exactamente 365 días de aquel truculento suceso, y el precinto policial todavía puede dilucidarse en la oxidada puerta de entrada, una verja negra y contrahecha, incapaz de frenar el acceso a la propiedad por los aledaños. De hecho, investigadores, curiosos y vándalos han tomado sus propias decisiones a la hora de crear otros caminos que conduzcan a un mismo fin: el acceso a la Casa de la Muerte, escenario de un crimen de género de los tantos que ocupan las diarias líneas de prensa. Ha llegado un punto que este tipo de sucesos han alcanzado a visualizarse con una elevada dosis de normalidad... Tanta que resulta común comer con estos sucesos como sintonía de fondo.


Alcanzar la vivienda no fue tarea fácil... Tanto que incluso nos preguntamos cómo era posible que una pareja, sea cual fuere su situación personal, residiera tras aquellos muros, rodeados ya no sólo de maleza, sino de basura, suciedad e, incluso, una vieja lancha, aparcada en la puerta de entrada como si de un vehículo a motor se tratase. Una vez en su interior, la panorámica sólo confirmaba todo lo anteriormente visualizado: tras atravesar el precinto policial, la oscuridad nos envolvió de una forma inquietante, sin más posibilidad que dejarnos arropar por un ambiente cargado de tristeza y dolor. Según cuentan, la pareja apenas llevaba dos semanas ocupando esta vivienda sin que los vecinos se hubiesen percatado, y ejercían la mendicidad en el término municipal.


Justo al cruzar el umbral, dos habitaciones se abrieron ante nosotros... Totalmente tapiadas. Una de ellas, pintada en un eléctrico color azul. La ropa y los restos de muebles se amontonaban por el suelo, no dando lugar a la imaginación. Cajones, fundas de colchón, cajas, chaquetas, papeles, latas, botellas vacías... Un poco de todo, además de cientos de teléfonos móviles destrozados, permanecían dispersos por todas partes, como si aquello fuese un punto de reciclaje. Justo enfrente, otra habitación... En esta ocasión, una especie de dormitorio, con sofás, colchones apilados, algunos muebles y basura... Mucha basura. Curiosamente, uno de los colchones parece manchado de lo que podría ser sangre.


A tientas, no tardamos en alcanzar el salón... Aunque resultaba imposible discernirlo: los muebles estaban destrozados, repartidos por toda la estancia, rodeados de latas y latas de cerveza, restos de terminales y cámaras de fotos... Sí, también cámaras de fotos, en mejor o peor estado, pero más propias de principios de los dos miles. La decoración navideña llama extremadamente la atención, al igual que la cantidad de bebidas alcohólicas repartidas por la cocina. Con todo ello, parece que el alcohol juega un importante papel en esta historia marital, pudiendo haber agravado cualquier suceso con su mera presencia.


En el patio central de la vivienda, unos inaccesibles corrales se hallaban casi devorados por la naturaleza:


De una forma totalmente accidental, acabamos en una habitación en la que, curiosamente, entraba la luz a través de la ventana. El papel de las paredes se había desprendido, fruto del paso del tiempo y de alguna malvada mano humana, que había preferido desnudar la intimidad de aquel habitáculo que todavía albergaba los restos de una cama de 90. Junto a ella, papeles y más papeles permanecían desparramados... Las malas lenguas dicen que la mujer falleció en esta estancia, aunque no parece haber signos de que hubiese sido habitada en tiempos recientes. 


Recorrimos el camino inverso... Y regresamos al salón, percatándonos nuevamente de la enorme cantidad de botellas vacías que rodaban por el suelo tras tropezar con ellas. Estaban ahí, en los muebles, en las ventanas, en los cajones, entre sábanas, bajo los colchones... Por todas partes, y jugaban a asustarnos con ese particular ruido que emite el cristal al chocar entre sí o contra otros objetos.


La Casa de la Muerte es uno de esos lugares que, con toda seguridad, tienen una historia sangrienta reciente... Tanto que ni tan siquiera ha conseguido recuperarse. Son muchas las hipótesis que las autoridades barajan ante un caso que todavía no está cerrado, todas ellas centradas en un nexo común: ¿por qué durante la Noche de Halloween? ¿El elevado consumo de alcohol tiene algo que ver? ¿Qué tipo de persona puede cometer atrocidades de este tipo?


"(...) Y todo sucedió cuando cayó la noche... Cuando calló el murmullo propio de las aves diurnas... Cuando los colores del atardecer se disiparon, cubriendo con su negrura los ángulos rectos de aquella abandonada construcción (...). Ella gritaba sin cesar... No podía evitarlo, mientras él tampoco podía evitar agredirla. Los gritos, seguramente, podían escucharse a varios kilómetros a la redonda... Pero ningún coche paró para ver qué pasaba. Tampoco ningún vecino se inmiscuyó en asuntos que consideraban privados... Ni mucho menos perdieron ni un sólo minuto de su tiempo llamando a la policía (...). "¿Para qué?", se preguntarían... Los gritos habían cesado tras un golpe seco... Seguramente, ya se habían reconciliado (...)." 

lunes, 10 de octubre de 2016

La Casa del Pentáculo

Villa Planes no fue el único destino de aquella tarde de verano... Sólo era el primero, el primero de muchas otras posibilidades, las cuales iban apareciendo al azar, como papeles extraídos de un saco por una mano inocente. El recorrido seguía avanzando al compás de la tarde, mientras nos desplazábamos con el equipo completo en busca de nuevas aventuras, de nuevos rincones que fotografiar... De nuevos atardeceres que disfrutar. Casi de casualidad, y tras un conjunto de frondosos pinos, aparecería un regalo muy especial, algo que bajo ningún concepto esperábamos encontrar... Delante de nosotros, rodeada de sombra y oscuridad, emergía casi por sorpresa la Casa del Pentáculo, un nombre comprensible si nos centramos en la cantidad de secretos que escondía tras su ingenua apariencia.


El camino de acceso era frondoso... Sin embargo, conseguimos alcanzarla, no sin antes localizar numerosos huesos de animales en nuestro trayecto. Los signos de ocupación reciente eran más que evidentes: mesas, sillas, bidones y pintadas modernas rodeaban la Casa del Pentáculo, una construcción de reducidas dimensiones y camuflada por la maleza, derruida por el paso de tiempo pero cuya esencia y puerta de entrada permanecían, contra todo pronóstico, intactas... Además, y en el caso de ésta última, abierta ante la adversidad, dispuesta a recibir nuestra visita sin prejuicios.


Con el pensamiento de que alguien pudiese habitar tras sus muros, nos adentramos sigilosamente, uno por uno, guiados por ese olor tan característico a pino y a humedad... Todo ello hasta alcanzar un recibidor bastante amplio, que recogía los restos de paja que iban asomando de las habitaciones colindantes, como si en alguna época no demasiado lejana hubiesen albergado algunos animales. Igualmente, y en el transcurso de nuestro camino, localizamos algo que despertó casi milagrosamente nuestra atención: un pentáculo, dibujado en el suelo a mano alzada y utilizando tiza, había decidido mantenerse allí, junto a la chimenea... Un ojo de Dios y una espina de pescado eran los únicos símbolos que podían discernirse con claridad de un dibujo que mantenía fija nuestra atención.


Casi sin pisar aquella simbología tan curiosa, seguimos avanzando hacia la parte trasera, por desgracia, completamente derruida... Las vigas habían cedido, y los ladrillos de una posible reforma posterior se agolpaban unos encima de otros, junto a los restos de la uralita, ahora troceada por el paso del tiempo:


Avanzamos, pues, hacia la planta superior... Sigilosamente, tratando de no dejar huellas, ni mucho menos, pisar unos de los tantos papeles, originales y manuscritos, que se distribuían sin ton ni son camino a la buhardilla: 


Una vez arriba, nos dimos cuenta que lo que, lo que a simple vista parecía una pequeña vivienda, era capaz de albergar algunas estancias más, casi en secreto, tras sus muros. Había restos de paja por todas partes, así como folios y más folios... Más o menos sucios, además de multitud de cajas de fruta apiladas y repletas de botes de cristal. A su vez, una de las habitaciones parecía cerrada a cal y canto... No sólo tuvimos que abrir la puerta sino que, en su interior, la ventana estaba completamente tapada con un cartón... Allí no entraba la luz del sol.


Curiosamente, las escaleras contaban con una bonita cenefa, posiblemente, pintada a mano... La cual todavía se conservaba, al igual que las del resto de las estancias inferiores:


No quedaba mucho más que ver... Pero sí por escribir... 

"(...) Algo más que una vieja puerta de acceso permanecería abierto durante aquella tarde de verano... Cruzar el umbral, escuchar ese particular chirriar de las bisagras oxidadas y posar un pie en su interior se convertiría en algo más que un cúmulo de sensaciones inexplicables (...). Montones de manuscritos cubrían el suelo, tanto que se hacía casi imposible caminar sin pisar alguno de esos papeles repletos de tinta azul, de ideas... De conocimientos (...). Tan sólo una zona se mostraba impasible, sin cubrir, sin posibilidad alguna de cambio... Ese pequeño espacio, en aquel momento, decorado con una especie de talismán, se negaba a pasar inadvertido: sus líneas desdibujadas preferían permanecer contra espacio y tiempo, dando a entender que aquel portal permanecería abierto por mucho tiempo... Quizá, demasiado (...)."

viernes, 23 de septiembre de 2016

Villa Planes

Las hojas secas crujían bajo nuestros pies... Se enredaban por nuestros tobillos, como poniéndose de acuerdo con todas aquellas ramas de pino caídas, motivadas por el duro verano que todavía asolaba nuestras tierras. Por suerte, los árboles aun aportaban grandes dosis de sombra, la necesaria para mantener los suelos frescos a pesar de la época del año, la suficiente para marcar el camino a seguir una tarde cualquiera... Una semana cualquiera. Aquella tarde no íbamos solos... En grupo de cinco y con todas las ganas de descubrir mundo, el equipo de Excursiones para Normales se desplazaba sin destino previsto hacia una zona totalmente desconocida... Al encuentro accidental con Villa Planes, un lugar diferente y sobre todo, totalmente desconocido e inexplorado.


Estábamos perdidos... Y nos enorgullece decir que no sabríamos regresar, lo que contribuye a mantener la magia, la esencia... La razón de ser de Villa Planes. Y es que, allí estaba, tras un montón de árboles ordenados sin criterio, amontonados junto a todas sus puertas y ventanas, rodeándola de sombra y de personalidad. Hacía montones de años que nadie se paraba a observarla: el número 79 se negaba a caer al suelo, a desplazarse hacia ese lugar llamado olvido, mientras sus silenciados interiores esperaban ansiosos una visita más allá del tiempo, ese que pasa fugaz, casi sin llamar.


Los contrastes luz-oscuridad se convertirían en los protagonistas de aquella tarde: los rayos de sol de agosto se dignaban a colarse por todos y cada uno de los ventanales, cuyas enormes puertas permanecían abiertas a todo cuanto pudiese llegar del exterior. Viento, polvo y soledad campaban a sus anchas en aquella enorme vivienda de dos plantas, sencilla pero robusta, que ya había perdido parte de su planta superior con el transcurso de los años. A simple vista, las enormes vigas de madera asomaban sarcásticas de entre los escombros, creando sombras chinescas de corrosión, a la vez que los restos de un incendio intencionado nos comunicaban que aquella negrura no era más que hollín antiguo.


Nos desplazábamos saltando entre los restos del naufragio, procurando no sufrir incidentes derivados de un paso equivocado. Si antes habíamos hecho crujir las hojas, en aquellos momentos los ladrillos resonaban bajo nuestros pies, mientras se balanceaban al ritmo que marcaban nuestros pasos. A ambos lados dos claustrofóbicas escaleras de caracol continuaban en pie, a pesar de que las plantas superiores hubiesen desaparecido: tomar cada uno de sus peldaños sin saber qué podía haber más allá de los diez centímetros que alcanzábamos a tocar lo convertía en una experiencia extraña pero abrumadora, necesaria para los sentidos.


Si bien es cierto que la escalera de la derecha conducía hacia ninguna parte, la de la izquierda continuaba, sustituyendo la piedra por la robusta madera, hoy en día, tambaleante. Sin embargo, ello no impidió que las tomáramos: pisábamos con cuidado pero seguros de nuestro trayecto, a pesar de que, en cualquier momento, pudiesen haber cedido bajo nuestros pies. Formábamos una cadena humana casi perfecta, con un único nexo común: el deseo insaciable de observar más lejos... De hacer una parada en los restos de una vieja cocina o en un antiguo cuarto de baño, mientras nuestra cabeza volaba más allá... Mucho más allá.


Desde las alturas observamos lo que en su día fueron cada una de las estancias: habitaciones, cocinas, baños, buhardilla... De todo un poco en una vivienda de alma proletaria, seguramente habitada por trabajadores, donde amanecería muy temprano... Y anochecería muy tarde.


En el exterior, a modo de anexo, se conservaban lo santiguos corrales, casi ya demolidos por el paso del tiempo... Por suerte, pocas pintadas teñían la imagen que todavía Villa Planes nos estaba ofreciendo aquella tarde, lo que convertía en un placer caminar entre la hierba, a pesar de que los cardos se anidaban en nuestro calzado de la manera más vil. Un viejo horno de pan se ocultaba tras aquellos roídos muros, y es entonces cuando resulta inevitable dejar volar la mente... Tratando dejarla viajar hasta los restos del viejo pozo:


"(...) España, 1940. Los restos de la guerra civil todavía eran palpables, mucho más que cuando el sonido de fondo sólo eran disparos (...). En aquella década todo era hambruna... Enfermedad... Desolación... En definitiva, muerte... Desde que el bando nacional estaba a la cabeza, todo olía a muerte (...). No era tampoco culpa de nadie, la guerra había dejado tristeza en ambos lados... Pues, en una guerra, no hay ganadores... Sólo perdedores (...). Esa mañana, observaba el nuevo día desde la buhardilla... Me había hecho el dormido, pues no me apetecía levantarme a las 5 para dar de comer a las gallinas, más con la que estaba cayendo (...). Desde las alturas todo se veía de otra forma... Aquella profusa pinada creaba tantas luces y sombras que me encantaba fingir que seres sobrenaturales venían a visitarme... A romper a paz de mi habitación mientras mis padres y abuelos araban la tierra o recogían la cosecha (...). Los días de lluvia eran intensos... Tanto que hasta las paredes parecían cobrar vida: rugían e, incluso, parecían moverse, como queriendo huir de la tormenta (...). Sin embargo, allí estaban ellos, aguantando el tipo... Soportando el frío y la humedad... Apartando los miedos... Sobreviviendo... Mientras yo permanecía oculto, tras el ventanuco de la buhardilla (...)."