viernes, 13 de noviembre de 2015

La Casa del Pantano

Decidimos poner rumbo hacia este emplazamiento debido a una serie de sucesos e historias que, según nos habían contado, habían tenido lugar en sus inmediaciones. De entrada, teníamos clara su inaccesibilidad, pero ello no frenó nuestras ganas de conocerla de cerca y de comprobar, en primera persona, si todo aquello era tan real como la gente expresaba; es decir: si todas aquellas fotografías que parecían retratar rostros humanos en las paredes tenían la veracidad que simulaban tener, o aquello sólo fruto de nuestra virulenta imaginación. La Casa del Pantano, tal y como la hemos denominado en conjunto con otros compañeros, necesitaba una visita expresa y toda una sesión fotográfica de fin de semana.


Gracias a su estratégica ubicación, además de permitirnos tomar las fotografías reglamentarias, esta casa nos facilitaría cazar un atardecer totalmente diferente, rodeado de naturaleza viva y resplandeciente, donde los rayos del sol tuvieran voluntad propia para colarse en los entresijos de los distintos árboles frutales que la ocultaban. Sin embargo, debíamos ser, además de precavidos, sumamente rápidos: las lluvias de los días anteriores habían dejado tal cantidad de nubosidad que la poca luz de la tarde podría marcharse sin preguntar... Sin decir tan siquiera decir adiós.


Confieso que, llegar hasta ese lugar, no fue tarea fácil: el acceso a la Casa del Pantano fue verdaderamente complejo debido a que todos los caminos que llevaban hasta allí estaban, bien cerrados, bien cubiertos por naturaleza, dejando este emplazamiento completamente aislado de la civilización y del mismísimo mundo real. El silencio estaba latente, pero cercano... E iba creciendo a medida que avanzábamos en nuestro trayecto.


Y allí estaba... Al final de nuestro horizonte: la Casa del Pantano esperaba silenciosa nuestra visita, como si hubiese permanecido todos estos años albergando la ilusión de que alguien la despertarse de su letargo, lentamente... Sin prisa pero sin pausa. Los últimos rayos solares se colaban por los agujeros que el vandalismo y la climatología habían dejado, otorgándole un aspecto ruinoso, tétrico y abandonado, demasiado triste como para aportar algo más que extrañas energías, las cuales pueden percibirse desde el primer momento que alguien decide aproximarse a sus inmediaciones.


Desde el primer momento estuvimos pendientes de cada detalle, de cada sensación para poder narrarla hoy aquí... De cada una de las posibles pareidolias que la humedad y el paso del tiempo podrían haber creado para nosotros. Durante los últimos meses, habíamos compartido con otros compañeros experiencias espeluznantes ocurridas en este lugar: caras que aparecían y desaparecían en las paredes, sonidos extraños, cambios de temperatura inexplicables y una gran cantidad de energía que parece envolverte desde que decides, con tu presencia, formar parte de esta casa. Si bien es cierto que nuestra psique puede jugarnos alguna que otra mala pasada al percibir erróneamente formas reconocibles, no todo lo visto y sentido son imaginaciones...


Palmeras, granados y demás árboles frutales rodeaban los restos de lo que en su día fue una casa que contaba, incluso, con aljibe propio. Desde un primer momento, se podía discernir una vivienda de dos plantas con un par de construcciones anexas a su alrededor, cada cual más perjudicada. A lo alto, apenas quedan paredes y ventanas... Todo cuanto veíamos era un bloque ruinoso cargado de enigmas por descubrir. Cualquier lugar era bueno para acceder, así que nada nos impediría situarnos bajo los muros de aquella derruida propiedad...


Si bien es cierto que la construcción anexa apenas albergaba unos corrales repletos de escombros y oscuridad, el resto de la vivienda recopilaba algunos secretos dignos de mención. Por desgracia, la okupación también había hecho sus estragos, dejando restos de su presencia en varios rincones: colchones, graffitis y muros eliminados a golpe de mazo habían hecho desaparecer multitud de detalles curiosos, como el hecho de que la mayoría de las paredes estuviesen pintadas de verde, color asociado a la vegetación, a la esperanza y a la propia naturaleza. Quizá por ese motivo, todo cuanto rodeaba esta casa, continuaba estando tan verde como hacía años...


Un enorme ficus permanece caído a la puerta principal, vivo y resplandeciente... Repleto de hojas sanas. Tras cruzar el umbral, un pequeño salón, ahora comunicado con el resto de habitaciones, nos daba la bienvenida. A su derecha, unas roídas escaleras nos invitaron a superar nuestros miedos y a subir a la primera planta... Sin embargo, antes debíamos descubrir la cocina, al fondo de la casa... Totalmente destrozada pero donde todavía se conservan una vieja alacena y, por supuesto, la chimenea.


Con sumo cuidado, tomamos las escaleras de ascenso... Y las tomamos despacio, a sabiendas que el el techo de la planta inferior era prácticamente inexistente y que, ese mismo aspecto, contribuiría a hacer más inestable el suelo de arriba. Pero lo logramos... Y encontramos algo verdaderamente sorprendente: un espacio totalmente abierto pero que, en su día, debió ser una vivienda totalmente independiente a la de abajo: restos del mobiliario de cocina avalaban nuestra hipótesis.


Allí arriba se sentía diferente... El aire se colaba por todas partes, creando peculiares sonidos al chocar contra los tejados. Muy despacio, nos acercamos al borde del abismo, a la misma ausencia de paredes, al vacío más silencioso. El ambiente parecía corrompido, incómodo... Un olor extraño invadía todo aquello, como tratando de demostrar que no estábamos solos ante todo cuanto nos rodeaba. Sonidos extraños emergían de la nada... No sabemos si provocados por el cáñamo o por algo más que éramos incapaces de distinguir.


Debo reconocer que las vistas eran más que espectaculares: ya no sólo el atardecer anaranjado ocupaba toda nuestra atención: los puentes de la ciudad o la gran cantidad de naturaleza embriagaban nuestros sentidos sin remedio, como si hubiésemos sido infectados por un extraño virus. Sin embargo, el suelo parecía ceder bajo nuestros pies... Todo parecía tambalearse y ello, unido al resto de sensaciones, provocaba en nosotros unas ganas locas de abandonar el lugar a toda velocidad, sin mirar atrás...


Y así fue, pero ese no era el final: quedaba todavía mucho por ver... Seguramente se tratara de cobertizos, totalmente derruidos y posiblemente okupados en alguna ocasión. Un curso de agua rompía el silencio... Un antiguo canal que abastecía el complejo continuaba llevando agua a una velocidad increíble, haciendo vibrar el suelo bajo nuestros pies.. ¿Sería eso lo que notábamos? No: aquel curso natural no podría provocar aquellas sensaciones... Y mucho menos, tan negativas.


Por un momento, sentimos que la noche caía a gran velocidad... La luz se marchaba como huyendo de aquel lugar, como diciéndonos que nosotros debíamos hacer lo mismo. Recordé entonces algo que me habían contado: en esta zona era donde más fenómenos extraños se producían... Los cambios de temperatura o las opresiones en el pecho eran tan sólo pequeños ejemplos de las múltiples rarezas que tenían lugar en aquel curioso entorno, aparentemente inofensivo.


Por ello, cuando salí de allí, sentí la necesidad de escribir sobre ello... Y, hoy, os lo muestro:

"(...) Cuando salí de allí, sentí que había dejado un enorme peso atrás (...). La opresión en el pecho que había llevado conmigo durante los últimos minutos parecía que, por fin, quería abandonarme, mientras giraba la cabeza para darme cuenta que nada me perseguía... De que nada venía conmigo (...). Por un momento, me sentí hipnotizado por todo cuanto me rodeaba... Tanto que, sin pensarlo... Sin tan siquiera quererlo, abrí los ojos y aparecí nuevamente allí arriba, tirando en el suelo, junto a las derruidas escaleras (...). Cuando me llevé la mano a la cabeza, sentí dolor... Y lo recordé: recordé cómo había comenzado a caminar de espaldas para huir de aquella extraña imagen (...). Y vinieron a mi cabeza los recuerdos... Y también el miedo... Aquel miedo a no salir de allí, a estar atrapado nuevamente en las entrañas de esa roída construcción (...)." 


miércoles, 4 de noviembre de 2015

Presa del Pantano de Elche - Las Verdaderas Fotografías

No hay nada más especial que visitar un lugar rodeado de agua mientras la lluvia baña tu rostro... Estoy segura de que, en algún momento de vuestras vidas, habéis sentido esa sensación: en la playa, en la montaña o, como nosotros, en la Presa del Pantano de Elche. Ese lugar tan especial, cargado de magnetismo, ha logrado atraernos durante toda la etapa estival, a lo largo de toda esa gran cantidad de bellos atardeceres que hemos conseguido captar desde sus alrededores... Con mayor o menor nubosidad, con mayor o menor tonalidad rosada... Pero cada cual más llamativo. De hecho, aquella mañana lluviosa despertó nuestra curiosidad el hecho de ver agua de cerca... Casi tocándola... Así que nuestro destino, nuevamente, estaba claro.


La noche anterior nos había sorprendido con lluvias inesperadas y, aquella mañana, el cielo había amanecido cubierto de nubes ansiosas de descarga. Por ello, y a pesar del barrizal que esperábamos encontrar, nos propusimos alcanzar la zona del embalse, trepando entre montañas con el sonido del agua como único acompañante. Por seguridad, dejamos el coche en un lugar fuera de peligros y sin barro, a pesar de que, más tarde, la lluvia nos sorprendería, ensuciando todo cuanto encontraba a su paso... Pero no nos importó en absoluto: lo mejor de aquella mañana fueron las imágenes que, para siempre, podríamos guardar en nuestro cajón de recuerdos.


Aquella mañana de domingo, apenas un par de senderistas no temerosos de la tormenta disfrutaban de un paseo matutino por los aledaños del pantano... El barro cubría nuestras piernas y nuestras intenciones, hasta tal punto que caminar por la zona se hizo bastante complicado... Nuestras zapatillas pesaban cada vez más y las escorrentías habían perjudicado seriamente el camino de acceso, regalando una imagen de catástrofe natural a la zona del antiguo merendero abandonado, ahora convertido en apenas paredes ruinosas.


Finalmente, alcanzamos por enésima vez aquella construcción que tanto amamos y que tan buenas tardes estivales nos ha dado este año. De puro estilo medieval, aquella presa de bóveda construida en dos tramos sobre un promontorio rocoso volvía a tomar protagonismo ante nuestros ojos: 22 metros de altura y 75 de anchura construidos en pleno Siglo XVII para albergar agua y más agua, generando un rincón maravilloso, digno de postal. Ubicada entre la Sierra de Elche y la Loma del Castellar, sobre el río Vinalopó, está considerada la primera presa en arco que se construyó en Europa desde la época romana, lo que la convierte, todavía más si cabe, en un conjunto histórico y representativo.


Los primeros truenos comenzaban a romper la paz de aquel momento, pero ello no frenó nuestras ganas de explorar... En lugar de acercarnos a la presa por el recorrido de siempre, utilizamos nuestro plan B, trepando por los promontorios que la rodean, jugándonos el tipo y la entereza de nuestra cámara. Si bien es cierto que la luz solar escaseaba, ello no impidió que avanzáramos a través de las escaleras excavadas en el terreno, esas que muy poca gente utiliza, inventando un recorrido totalmente nuevo para alcanzar nuestro objetivo: ver agua a escasos metros de nosotros.


A lo largo del paso de los años, esta estructura arquitectónica no ha estado exenta de polémicas. Si bien es cierto que ha sufrido de diversos problemas que han empeorado sus condiciones, está en trámite de ser declarado un Bien de Interés Cultural (BIC). Por desgracia, y a pesar de que parezca lo contrario, el viejo pantano hace aguas desde hace décadas: para empezar, toda esa agua vertida por coronación que nos regala una imagen tan idílica no se debe a otra cosa que al mal funcionamiento de los órganos de desagüe, por no hablar de las filtraciones, de la colmatación por sedimentos (que ya quedó visible en 1995) o su pésima estabilidad estructural.


Pese a todo ello, desde las alturas la imagen era espectacular... Las aguas descendían sin piedad desde la zona del embalse, rompiendo a gran velocidad contra las rocas de la base y demostrando, una vez más, que la lluvia había logrado su propósito de aumentar la cantidad de tan preciado bien que por aquella zona circulaba. ¡Era tan curioso ver el pantano desde ese ángulo! Tantas habían sido las veces que habíamos utilizado la ruta de siempre que parecía que como si fuésemos espectadores de la película de nuestras propias vidas, cuando utilizábamos las escaleras que ascienden junto a la corona o la pequeña puerta inserta en esa especie de muralla.


Seguimos poco a poco, aproximándonos hasta la zona del embalse, atraídos por un enorme grupo de patos que pasaban la mañana de lo más entretenidos, chapoteando e introduciendo la cabeza bajo el agua... El viento formaba curiosas ondas, mientras la oscuridad del cielo quedaba perfectamente reflejada en aquel recorrido que se perdía en el horizonte, mucho más allá de lo que nuestros ojos alcanzaban a ver... Desde allí, el silencio es absoluto, apenas roto por el graznido de los patos o el ulular del viento.


Las primeras gotas de lluvia nos sorprendieron en las alturas, y cada vez mojaban más... Por ello, nos planteamos el viaje de vuelta, que aún tras descender del promontorio, nos llevaría unos 700 metros a pie. Alcanzamos el vehículo repletos de barro... Y con nuestra cámara rebosante de imágenes.