lunes, 21 de septiembre de 2015

Castillo del Río

La última quincena de agosto y los primeros días de septiembre nos han regalado una meteorología sumamente curiosa: si bien es cierto que, aún a día de hoy, seguimos disfrutando de un calor propio del infierno más perverso, hemos podido deleitarnos con varias mañanas, tardes y noches lluviosas, con sus respectivas nubosidades... No han eliminado el calor, pero sí nos han ofrecido momentos espectaculares, atardeceres de los más llamativos colores y un manto muy agradable para fotografiar montones de lugares que espero mostraros con paciencia. Hoy nos desplazamos hasta Aspe, en la provincia de Alicante, para sorprenderos con un lugar desconocido para muchos, recóndito y elevado... Por un momento, pensé en no ofrecer demasiados datos sobre él, pero es un lugar que merece la pena visitar y, como no alberga más que lo que se ve, sólo necesitaréis unas buenas zapatillas para alcanzar su cima y disfrutar de las vistas. 


Estoy hablando del Castillo del Río, ubicado a pocos kilómetros de la localidad de Aspe sobre un montículo, cerca de la confluencia del río Tarafa con el río Vinalopó. Reconocido como Bien de Interés Cultural desde 2001, desde las alturas se pueden divisar, también, el Castillo de la Mola de Novelda, o la Torre de Monforte del Cid, además naturaleza verde, montañas y, por desgracia, las obras del AVE, que acaban por romper la dinámica del paisaje. Sin embargo, cualquier mortal sería capaz de pasarlo por alto tan sólo con cerrar los ojos y respirar el aire puro de la zona, diferente al que se disfruta en pleno casco urbano... Tan diferente que hasta duele saber que existe y lo poco que lo valoramos. 


Llegar hasta allí no fue tarea fácil, ni tampoco recorrer el tramo hasta la cima... Por desgracia, el entorno más próximo ha sido tomado por las paleras o chumberas, que rodean sin piedad la construcción y sus alrededores. Si bien es cierto que parece haberse llevado a cabo algún tipo de tratamiento químico para eliminarlos, éste no ha surtido el efecto esperado, convirtiendo la imagen de aquel recinto en el símil de un bosque calcinado, que apenas acompaña a una ruina olvidada y llena de encanto. 


Salvamos las chumberas... Y subimos: nos hallábamos ante un recinto amurallado, situado en un montículo denominado Tabayá, explanado artificialmente y ubicado a 3 kilómetros del actual casco urbano. De origen almorávide y construido durante el Siglo XII, se trata del primer núcleo de asentamiento de Aspe, denominado Aspe el Viejo. A pesar de ello, en sus inmediaciones también se han encontrado restos de un asentamiento anterior de la época ibérica (¡las riberas del Vinalopó son muy ricas!), además de otros muchos detalles que me tuve la oportunidad de fotografiar la tarde siguiente. 


El recinto amurallado, formado por 12 torreones, carece de torre del homenaje y se encuentra actualmente semiderruido. Podríamos decir que apenas conserva lienzos de murallas y la base de varios de sus torreones, que seguramente han sufrido una breve restauración tras las excavaciones. Gracias a ellos, cualquier visitante puede hacerse una idea de la envergadura de aquella construcción, realizada en mazonería, tapial y cantos rodados. 


De hecho, en él se encontró uno de los dos únicos arados árabes hallados en toda España y que, actualmente, se encuentra expuesto en el Museo arqueológico provincial de Alicante (MARQ).


Según cuentan los distintos autores (Azuar, 1983; VV. AA., 1994), el interior del castillo estaba dividido en dos espacios diferentes separados por una muralla: el inferior, donde se encontraban las casas del poblado, y el superior, donde residiría el gobernador y los soldados que defendían el paraje. Lo cierto es que, desde las alturas, uno puede sentirse el gobernador de todo aquél territorio, disfrutando de una panorámica completa de toda la zona del Vinalopó. 


Arriba, podía escucharse perfectamente el curso del río, a pesar de no poder verlo... ¡Al menos desde ahí! Lo que sí divisamos fue los restos de pequeños acueductos de la misma época, distribuidos aquí y allá, que le otorgaban al paisaje una esencia especial... Por este motivo, al día siguiente regresamos, pero en sentido opuesto: nos dirigimos hacia esa zona que pudimos ver la tarde anterior... Rodeada de naturaleza y, por supuesto, de los heterogéneos arcos de aquella vieja construcción hidráulica, construida con los mismos materiales que el castillo. 


Y allí estábamos nosotros, bajo aquella lluvia veraniega que había transformado todo en barro... Casi hundidos en lo que ya no podía denominarse tierra firme... Silenciosos y observadores, mientras las finas gotas mojaban nuestra ropa. Sobre nosotros, el cielo parecía un lienzo emborronado de acuarela, mientras pequeños gazapos pasaban por nuestro lado en busca de su madriguera, en tal de evitar el agua, que empezaba a caer con más fuerza... 


La segunda tarde, pasada por agua, también había llegado a su fin... 

miércoles, 16 de septiembre de 2015

La Masía Derruida

Terminada nuestra visita al Sanatorio Antituberculoso de Torremanzanas y teniendo en cuenta que todavía quedaba tarde por delante, continuamos carretera hacia delante con una intención clara: encontrar la famosa Masía Las Vaquerizas, un lugar con una lamentable historia de crímenes y dolor, algo que nos hubiese ayudado a culminar una puesta de sol diferente, de esas que nos gustan, repletas de historias de fantasmas y buenas fotografías. Llevaba años intentando localizar su paradero, bastante recóndito según me habían comentado, indagando en los detalles de aquella sanguinaria historia que, aún hoy en día, conserva más secretos que evidencias. Sin embargo... No todo en la vida puede ser...


La Masía las Vaquerizas se constituye como el escenario de un suceso horrendo, de esos que jamás deberían ocurrir en ningún rincón de este mundo: el 20 de agosto de 1999, un joven llamado Francisco Gómez Simón dio por sentado que que debía acabar con la vida de tres personas inocentes... Y así lo hizo. Este joven, empleado de la finca propiedad de Dña. Elvira Monllor, fue sorprendido por ésta mientras orinaba dentro de sus instalaciones. Tras discutir, Francisco la asesinó golpeándole la cabeza con un rastrillo... El ruido generado alertó también a D. Rigoberto Luis Esteve, otro empleado que también fue asesinado a golpes en el cráneo, al igual que D. Francisco Miró, tío de la propia Elvira: tras ser sorprendido por éste mientras trataba de ocultar los dos cadáveres en la cuadra, recibió fortísimos golpes con la misma herramienta y que también acabaron con su vida. 


Finalmente, Francisco arrastró los tres cadáveres a la cuadra y provocó un incendio para deshacerse de todas las pruebas. Sin embargo, el humo alertó a la Guardia Civil, que acabó por encontrar aquella terrible escena... Se dice que, en aquel lugar, había escondidos 400 millones de las antiguas pesetas fruto de una venta de tierras, pero nadie los encontró jamás... Puede que fuese el motivo del crimen, o puede que no... Lo que sí tenemos claro es que el autor de esta horrenda escena se autoinculpó de los tres crímenes, siendo condenado en 2004 a 24 años de prisión, cuatro después de haber sido liberado sin haber sido juzgado. ¿Enajenación mental? ¿Trastorno mental transitorio? ¿Una aparente pequeña discusión provocó todo este entramado? ¿Cómo es posible que tardase tanto en enjuiciarse un crimen de estas características?


Muchos son los interrogantes que todavía oculta este crimen, y quizá ese era uno de los motivos que movían nuestros más oscuros deseos de encontrarla: al igual que en su día nos sucedería con la Casa del Crimen, necesitábamos experimentar de cerca la verdad del lugar, su historia y su esencia... Vivir en primera persona su ambiente para, quién sabe, poder inspirar la creación de algún relato de misterio, de esos que tanto nos gusta ofrecer... Pero, por desgracia, aquella tarde no hubo suerte... 


Puede que el navegador nos redirigiera a otro lugar, puede que nos equivocásemos en un principio... O puede, incluso, que la Masía las Vaquerizas deseara permanecer en el más oculto anonimato: lo único que sé es que, aquella tarde, nuestro último destino fue la bautizada como Masía Derruida, la cual, en un principio, confundimos con la primera. ¡Lástima no haberla encontrado! No tomamos demasiadas fotografías pues, por desgracia, apenas quedaban un par de muros en pie...


Era demasiado arriesgado acercarse a tomar fotos pero, aún así, no perdí la oportunidad de abalanzarme al borde de aquel precipicio provocado por la desidia y la mano humana, con la única intención de discernir su antigua distribución. Estancias y más estancias se amontonaban como si de un cómic se tratase, como si pudiésemos observar detenidamente qué sucedería en cada interior sin ser vistos... Las vigas habían cedido, y la naturaleza había ganado todo el terreno... Sin prisa pero sin pausa, como recuperando aquello que, en realidad, le pertenece. 


Curiosamente, todavía puede distinguirse dónde se albergaban tanto la cocina como el baño... Los ventanucos, los pequeños armarios o los azulejos delatan su antigua existencia, y nos invitan a pensar cómo sería la vida en un lugar como aquél, alejado de la civilización. ¿Sería una zona extremadamente silenciosa? ¿Cuál sería su actividad económica? ¿Animales, cultivos...? Aquello luce tan verde, tan bonito... Y, sobre todo, tan tranquilo, que parece como si nadie, salvo los coches que pasan por la carretera, pudiesen romper ese silencio... Tan doloroso. 


Aún incluso después de haber revisado antigua bibliografía y de tener la certeza de que no se trataba de Las Vaquerizas, todavía siento que la había encontrado... Hay algo en mi interior que me dice que, si no es el lugar que estaba buscando, éste también tiene una truculenta historia que contar... Una historia que todavía no he averiguado, pero que me deja vía libre para escribir... 

"(...) Dicen que su llanto todavía pueden escucharse... De hecho, las malas lenguas cuentan que, desde su muerte, su alma continúa vagando por aquella derruida finca, esperando ser encontrada por algún viandante que la libere de aquella maldición que ella misma pronunció (...). No era la primera vez que su esposo le ponía la mano encima... Ella le amaba, pero no percibía los mismos sentimientos en él: jamás tuvo para ella una palabra de cariño... Para ella ni para el niño que tuvieron... Aquél pequeño que fue encontrado muerto bajo un olivo, en muy extrañas circunstancias (...). ¡Qué tiempos aquellos, en los que nadie daba ni una sola razón a la muerte! La parca te llevaba si Dios así lo había decidido, sin más explicaciones (...). Aquella noche, se le fue la mano... Otra vez: le hizo mucho daño... Demasiado, pues su cabeza sangraba... Gritaba sin cesar, pero nadie la escuchaba... Nadie pasaba por allí a aquellas horas (...). Y la arrastró hasta el cobertizo, donde le hizo algo tan atroz que la obligó a ver la luz... Una luz blanca, casi celestial... No sin antes decir que jamás nadie podría liberarse de su llanto (...)." 

jueves, 10 de septiembre de 2015

Sanatorio Antituberculoso de Torremanzanas - Las Verdaderas Fotografías

Hace más de tres años realizamos nuestra primera visita al Sanatorio Antituberculoso de Torremanzanas, el segundo lugar más famoso en la provincia relacionado con la tuberculosis tras el lúgubre Preventorio de Aigües. Sin embargo, poco después de nuestras fotos, la zona sufrió de un incendio veraniego, desastre que acabó por calcinar parte de sus alrededores y que hizo peligrar su supervivencia... De hecho, todo este tiempo hemos estado deseando volver a poner rumbo hacia sus exactos 965 metros de altitud... Hacia ese viejo sanatorio construido en 1926 por la comunidad religiosa Compadre Jesús. 


Por suerte o por desgracia, allí continúa... Solitario, rodeado de árboles, montañas y restos de incendio, viendo morir los años en el más absoluto silencio. Además, el complejo se encuentra totalmente vallado, seguramente, para evitar el riesgo de desprendimientos, rezando prohibiciones de acceso cada pocos metros y demostrando que el peligro ha aumentado notablemente. Poco a poco, los únicos detalles que albergaba han ido desapareciendo, reduciéndose a escombros, mezclándose con la misma naturaleza que le vio nacer.


Aquella zona rebosa tristeza... El sol no se atreve a colarse entre el paisaje: no aparece tímido entre los árboles ni tampoco asoma tras la montaña, lo que provoca un descenso notable de las temperaturas. Además, aquella tarde, la nubosidad incrementaba esa impresión, esa extraña sensación que provoca tan sólo con acercarse a unos pocos metros. De hecho, por un momento fui capaz de revivir viejos tiempos, en los que todavía sentía temor a lo desconocido... Aquellas misteriosas emociones capaces de insinuarme que aquél no podía ser mi lugar. 


Recordemos que nos hallamos ante un edificio que ha disfrutado de los usos más peculiares: albergue, colonia infantil de recreo, hospital infantil durante la Segunda República y hospital militar durante la Guerra Civil, hasta que el fin de la guerra lo vio convertido en sanatorio para tuberculosos (que no preventorio, son términos diferentes). Sus paredes, ahora totalmente abandonadas a su suerte, han sido testigo de dolores insoportables, de duras e innecesarias muertes... Y de mucha tristeza, lo que queda reflejado en ese silencio que cualquier mortal sólo se atrevería a romper acelerando su vehículo... Tratando de evitarlo cuanto antes. 


El edificio se dividía en dos plantas, con una superficie total de casi 100.000 metros cuadrados, entre el edificio principal y las instalaciones anexas, de las que actualmente hoy no queda nada. Por desgracia, ya desde fuera se puede comprobar que avanzar se convierte en tarea imposible desde la puerta principal: el suelo ha cedido por completo con motivo de las lluvias más recientes, mientras montones de zarzas repletas de espinas se han adueñado de todo el espacio disponible. ¡Zarzas! Espinosas zarzas que, curiosamente, crecen con total libertad en su interior, mientras fuera sólo las encontramos más repartidas. ¿A qué puede ser debido?


Desde la parte trasera, la imagen no puede ser más desoladora: no queda absolutamente nada reconocible... Ladrillos, vigas y maleza componen una mezcla heterogénea que combina casi a la perfección con la taquicardia que provoca recorrer sus restos. Por un momento, fui capaz de escuchar pasos tras de mí y, creyendo que alguien podía estar subiendo por el camino, traté de observar escondida tras uno de los viejos muros... Sin embargo, no había nadie más que nosotros y nuestra entrecortada respiración, mientras intentábamos no accidentarnos, más si cabía, con todas aquellas zarzas puntiagudas. 


La famosa habitación roja todavía puede identificarse, en lo que en su día fue la segunda planta. El pigmento, ahora casi granate, ya corroído por el paso del tiempo y por la humedad, no se resigna a desaparecer... Se alza fácilmente identificable, como convertido en un símbolo de identidad, recordando que nos hayamos ante un viejo recinto hospitalario que no podía prescindir de contar con una habitación destinada al revelado de radiografías. 


Las viejas escaleras ahora ya son un caso perdido: si en alguna ocasión, hace algunos años, se podía utilizar un par de peldaños para tomar fotografías desde las alturas, ahora resulta imposible. Ya no se trata sólo de que han desaparecido la mayoría de los escalones, sino que una enorme zarza ha crecido justo en medio, impidiendo el paso más allá de nuestros pies. Es en ese momento cuando uno se para a pensar, cuando decide reflexionar acerca del motivo por el cual esas peligrosas plantas, repletas de dulces moras negras como el tizón, abarcan todo el espacio disponible... Como si de una señal se tratase. 


Esa tarde recordé una historia que me contaron... Una historia totalmente real que hoy me apetece compartir con vosotros, aunque el escenario donde tuvo lugar no sea el mismo. De un modo un otro, mi cerebro lo asoció a estos momentos, en los cuales todas las historias de fantasmas parecían cobrar vida, entre soledad, ruidos sin explicación y corazones acelerados: 


"(...) Aquella noche, la pareja disfrutaba de una especial soledad... De esa sensación maravillosa que sólo el silencio podía aportarles (...). La pequeña de la familia por fin había cogido el sueño en su habitación, así que podían quedarse sentados en el porche, viendo pasar la vida, hasta altas horas de la madrugada (...). Desde allí, al fondo, las luces del pueblo más cercano parecían hallarse a cientos de kilómetros, otorgándole una sensación tan singular como tétrica (...). ¿Qué podía fallar aquella noche? ¿Qué podía suceder que pudiese quebrar esa magia? (...) De pronto, una niebla densa comenzó a cubrir el ambiente... Tan espesa que consiguió aturdir sus sentidos (...). Desconocen cuánto tiempo pasó, pero el hombre consiguió despertar de esa especie de trance... Alcanzó su motocicleta y la arrancó, con la intención de que la luz le devolviese la imagen de las luces del pueblo, que ahora con nerviosismo recordaba (...). Por desgracia, no consiguió nada... Era como si la luz de su moto hubiese perdido toda potencia, como si no fuese capaz de romper aquella especie de telón de acero que ahora se hallaba frente a ellos (...). Todavía cegados por la confusión y la sensación de debilidad, recayeron en la pequeña de la familia, aquella niña que se había dormido hacía tan sólo unos minutos o, quizá, varias horas (...). Y entraron corriendo... Y salieron con ella en brazos (...). Para ese momento, la niebla ya había desaparecido (...)."


Aquella tarde, nuestra expedición no había acabado... Todavía quedaba mucho por ver... ¡Sed pacientes!