miércoles, 22 de julio de 2015

La Residencia de la Oscuridad

Hace aproximadamente un año, nos desplazamos a esta localización a disfrutar de uno de los mejores atardeceres que habíamos visto hasta la fecha: cielos rosados, rayos solares colándose por los resquicios de las nubes, todo ello en un escenario aparentemente devorado por la naturaleza. De hecho, moríamos de ganas por adentrarnos en su interior, por divisar qué habría más allá de aquellos oscuros muros, los cuales sólo podíamos observar desde una distancia prudencial, mientras escuchábamos ese típico sonido que hacen los ferrocarriles al atravesar las vías a gran velocidad. Por suerte, el paso del tiempo acabó abriendo las puertas de la Residencia de la Oscuridad ante nuestros ojos...


Volvimos a rodear el edificio, como hicimos en el pasado. Nos empapamos nuevamente de su esencia y recordamos la buena tarde que pasamos el año anterior, cazando luces y sombras, sonidos y letras... Aún hoy en día recuerdo con cariño las bonitas imágenes que logramos cazar aquella tarde primaveral. Sin embargo, en esta ocasión, nuestra intención ya no era sólo cazar atardeceres: se trataba de cazar aquello que tantas veces nos habían mencionado... Esas sensaciones negativas que invadían en primera persona a todo aquel que osaba a atravesar aquellas paredes.


Se podría decir que, hace más de 35 años, este edificio ya funcionaba como la edificación enorme que era, adaptada a personas con discapacidad. A pesar de no registrar actividad diaria sino sólo en momentos puntuales, hasta el verano de 2010, el inmueble, de dos plantas, se encontraba en unas condiciones óptimas para albergar celebraciones, convivencias o actividades de cualquier asociación de la provincia (a pesar de que hacía muchos años que no reunía a nadie). Sin embargo y por desgracia, los asaltos comenzaron en 2011, convirtiendo aquella enorme promesa en un supermercado del metal, en la que no dejaron ni rastro de puertas, rejas, ventanas, tuberías o instalación eléctrica, además del resto de destrozos que acabaron por convertirlo en cuatro paredes inservibles.


Los distintos saqueos y asaltos, provocaron la toma una importante decisión: tapiar todas las aberturas... Puertas y ventanas debían ser cerradas a cal y canto para evitar que, lo poco que quedaba dentro (si es que quedaba algo), fuese sustraído sin piedad. Como si de un entierro se tratase, los interiores de aquel recinto no volverían a ver la luz... Los inmensos destrozos eran irreparables, y la falta de medios para proceder a su reparación era tan patente como la desgracia en sí misma.


En realidad, así había sido los últimos años: la luz no se ha colado por ninguna parte hasta que alguien se ha limitado a realizar un butrón de tamaño considerable para echar el cadáver putrefacto de un animal a su interior. Con este irrespetuoso acto, el edificio volvía a estar abierto, seguramente por un tiempo limitado, así que no podíamos perder la oportunidad de comprobar por nosotros mismos si todo aquello que nos habían contado podía ser cierto... Si su estado era tan deplorable como nos habían contado y hasta qué punto la oscuridad osaba a acompañarte en tu visita.


Como si de un milagro se tratase, aparecimos directamente en las viejas cocinas, acompañados únicamente por el sonido de aquellos restos de vajilla, vasos de cristal y tazas de porcelana bajo nuestros pies. El polvo en suspensión impedía una correcta visibilidad, y el olor a podredumbre se hacía insoportable, sobre todo acompañado de aquel calor infernal... La oscuridad nos rodeaba en el más absoluto silencio: un silencio incómodo y aterrador que no éramos capaces de romper, a pesar de aquella extraña sensación.


Recorrimos una a una las distintas estancias, caminando por encima de escombros y de montones de ropa totalmente a ciegas, sufriendo el roce del cemento de las paredes en nuestros brazos desnudos. Todas permanecían completamente selladas, ni un sólo ápice de luz se atrevía a colarse por ningún resquicio, como si temiera a las más aberrantes consecuencias... Los muebles se amontonaban en los distintos habitáculos, mientras el cuarto de baño todavía albergaba algún detalle digno de mención. 


Tras colarnos por unos estrechos pasillos, alcanzamos lo que podría ser el comedor principal del edificio... Totalmente oscuro, sin luz ni ventilación. Nos hallábamos en un escenario completamente idóneo para sentarnos y comenzar a contar historias de terror... O quizá, para vivirlas: sonidos inexplicables parecían rodearnos... Aquellos rincones que todavía albergaban murales relacionados con su actividad transformaban aquel espacio en laberíntico, como si paredes y ventanas cambiaran continuamente de ubicación para invitarnos a perdernos por ellas.


Otros estrechos corredores nos conducían a distintas estancias, algunas de ellas, con documentación esparcida por el suelo que debíamos luchar por no pisar. Maravillosos ventanales ahora lucen completamente cerrados, tan abandonados como sus techos, decorados con detalles de los más variados estilos arquitectónicos. Los colchones también se amontonan, al igual que los sanitarios en el único cuarto de baño que encontramos en las zonas comunes de la planta baja (independientemente de los que había en la zona de servicio).


Alcanzamos un pequeño salón, en el que todavía encontraban cabida algunos sofás y bancos, alrededor de una bonita chimenea, repleta de detalles... No pudimos evitar aproximarnos, mirar de cerca aquellos pequeños elementos tallados en escayola que describían delicados motivos florales que culminaban en animales mitológicos los cuales, a modo de dragones, simulaban devorar el resto de elementos. Como poco... Curioso.


No tardamos en abandonar ese pequeño rincón... Algo que desconocíamos nos invitaba a marcharnos a base de sensaciones negativas: opresión, dolor de cabeza y ganas de respirar aire puro. Por ello, tomamos las escaleras a la planta superior, la zona de habitaciones... Unos desalmados robaron la barandilla de hierro forjado que impedía las caídas, por lo que se precisaba ser extremadamente cuidadoso en el ascenso...

Montones de habitaciones se abrían paso ante nosotros, algunas de ellas, todavía con colchones o mesitas. Los pasillos estaban cubiertos de arte urbano y, seguramente, el edificio habría sufrido, de una ocupación que acabó por afectarlo notablemente, al igual que el saqueo. Por suerte, algunas de sus ventanas no han sido tapiadas, lo que implicaba que algo de luz y de aire podía colarse... Sin embargo, ello no mejoraba nuestras sensaciones, ni tampoco acababa con todos esos ruidos inexplicables.


Por todo ello, nos vimos obligados a descender... A descender y a abandonar el edificio por donde habíamos entrado. Era imposible permanecer más tiempo allí... La sensación era cualquier cosa menos placentera, y me alcanzó para poder inspirarme en esta redacción:


"(...) Recorrí aquellos fríos pasillos sin más compañía que la misma soledad, una nostalgia que me invadía por dentro y que me obligaba a mantener los ojos bien abiertos, expectantes, vigilantes ante cualquiera de las cosas que podían sucederme (...). Mis pasos sonaban contundentes, a la vez que temerosos: sentía que no era el mejor momento para hacer ruido, a pesar de que el sonido de cristal roto bajo mis pies me acompañaba allá donde iba (...). Con el paso de los minutos, me di cuenta de que la oscuridad había cobrado todo el protagonismo... Aquella tarde de verano había olvidado mi linterna, así que me veía obligado a desplazarme a tientas, pegado a la pared y arriesgando el sufrimiento de mis brazos desnudos (...). Y sí, aquel comedor conservaba ese olor a edificio cerrado que se hacía insoportable... O quizá era mi miedo, al sentirme rodeado por algo que desconocía, mientras puertas y ventanas me observaban tapiadas, al parecer, con la esperanza de ahogar mis gritos en medio de la nada (...)."


miércoles, 15 de julio de 2015

El Complejo Abandonado

En ocasiones, no somos conscientes de que, los mejores abandonos, los encontramos a la vuelta de la esquina... Enormes complejos esperándonos, pacientemente, durante años y años... Muchos de ellos, ya expoliados por la mano del hombre, que ha acabado por robarles tanto la inocencia como cualquier material valioso, para venderlo a precio de coste en la chatarrería más cercana. Hoy queremos haceros partícipes de nuestra visita al Complejo Abandonado, un enorme conjunto de fábricas totalmente despoblado desde hace años y que ha acabado por convertirse en el mejor rincón para llevar a cabo una sesión de arte urbano, a veces, de una calidad notable.


La mañana transcurrió entre impresionantes construcciones totalmente desnudas, sin más vestimenta que las paredes que osaban a mantenerse en pie repletas de imágenes de todo tipo, color y tamaño. El día había amanecido soleado, pero el calor todavía era soportable, así que aprovechamos para adentrarnos en todas aquellas edificaciones cuya actividad comenzó a finales del año 1967, es decir, hace casi medio siglo, hasta dar por finalizada a comienzos del siglo XIX, cuando el fallecimiento del propietario provocó una serie de disputas que acabaron por separar a los hijos e impulsó la creación de nuevas empresas, según nos han comentado.


Durante casi cuarenta años, esta empresa funcionó fabricando cauchos, colas y adhesivos para calzado, algo muy común en esta zona de España. Un total de siete gigantescas naves, un edificio de oficinas y una vivienda anexa nos esperaban esa mañana de domingo, por lo que no había tiempo que perder... Por ello, nuestra primera intención se centró en recorrer una por una las distintas naves, observando con detenimiento ya no sólo su amplitud, sino toda la luz solar que se colaba, ansiosa, por todas aquellas ventanas rotas... Por todos aquellos tejados repletos de agujeros y de nostalgia.


Algunas vigas rojas todavía osaban a sujetar los cimientos de la nave más cuidada, mientras montones de letras sin significado aparente se agolpaban unas sobre otras, tratando de apropiarse de todo el espacio disponible. Las puertas continuaban cerradas, mientras las ventanas dejaban pasar tanto a personas como a las más disparatadas inspiraciones, que cobran vida a manos de un artista del spray. Otras naves, mucho más pequeñas, apenas albergaban restos de lo que en su día fueron... Nadie puede hablar de su pasado porque parece que nunca existió.


Las naves de la parte trasera quizá fueran las más perjudicadas... El techo había cedido por completo: allí es imposible ocultarse de nada ni nadie. Sin embargo, unas flores que nadie había regado desde hacía décadas crecían vistosas a su antojo, por todas partes además, sin que nada pudiese frenarlas... Un toque de alegría ante la adversidad que, con sus distintos colores, aportaban esa sensación de que, en el fondo, allí todavía queda un resquicio de vida que todavía podía rescatarse... Al menos, por nuestra cámara.


También nos introdujimos en la vivienda anexa, seguramente, del personal de seguridad que, en su día, tendría su labor en este enorme recinto. Lo más probable es que, en su día, a la casa no le faltara detalle: habitaciones, baño, cocina, y un pequeño porche, en una vivienda de una sola planta pero de tamaño considerable. Por desgracia, la casa había sido ocupada recientemente: todo estaba destrozado, desde las ventanas hasta el mobiliario, mientras montones de ropa se encontraban tirados, aquí y allá, junto a más y más basura.


La nave de mayor tamaño la reservamos para el final... ¿Qué secretos albergaría, además de una espectacular luminosidad? La mayor parte de sus aberturas habían sido tapiadas, pero se podía distinguir una zona de almacenaje y, además, los vestuarios y cuartos de baño. ¿Acaso los trabajadores debían desplazarse hasta esta nave para cambiarse de ropa o para acudir al excusado? ¿Era necesario recorrer toda esta distancia, sobre todo si tenemos en cuenta de que, hasta el momento, no habíamos encontrado ningún otro cuarto de baño?

Junto a ella, encontramos otras naves, más pequeñas y que nos acabarían por conducir al cuadro eléctrico de aquel complejo... Aunque no quedaba absolutamente nada, se podía discernir su enorme capacidad, ¡su magnitud!


Por último, nos quedaría por divisar el edificio de oficinas; aquel que, en su día, albergó el nombre de la empresa en lo más alto... Tan alto que podía divisarse desde la lejanía. Por desgracia, la mayor parte de cuanto veíamos, estaba expoliado y calcinado: tres plantas sólo para nosotros en las que nuestros únicos acompañantes serían las palomas que allí habitaban, seguramente, desde hacía años... Una estructura repleta de formas sin forma, colores mezclados y tristeza contenida.


Es sonido nos acompañó durante toda la velada, provocando algún queotro respingo cuando, de pronto, un grupo de ellos pasaba sobrevolando nuestras cabezas de una forma mucho más violenta de lo que nunca hubiese imaginado. Sin embargo, ello no impidió que recorriésemos sus estancias, sus despachos, sus vistosos cuartos de baño y sus más profundos secretos... A pesar de que, en la actualidad, las vistas sean pésimas, en su día aquello constituyó una fuente económica importante.


Nuestra visita acabó aquí... Entre palomas, escombros, palmeras y coloridas flores... En apenas unas horas fuimos capaces de llevarnos la esencia de su verdadera historia: crónicas, leyendas y memorias que, ordenadas cronológicamente, componen la biografía de un lugar que fue todo un referente en su época.