martes, 14 de octubre de 2014

Abandonos en Monóvar

Ya lo he dicho en otras ocasiones: la nueva temporada se avecina repleta de abandonos, muchos de ellos, relativamente próximos entre sí. Son tantos que hasta cuesta decidirse, y se hace necesario poner rumbo hacia alguna parte antes de que anochezca... ¡Los días ya son notablemente más cortos! Hace algunas semanas, Francisco (un buen compañero con el que me gusta compartir experiencias 'paranormales') me habló de La Fraternidad, una antigua residencia para personas con discapacidad psíquica ubicada en un lugar recóndito y apartado de la provincia de Alicante. Según me comentó, lo aconsejable era reconocer el terreno a plena luz del día por la gran cantidad de actividad paranormal que escondía entre sus muros... Tanta que, cuando cayera la noche, el lugar sería capaz de imponer sensaciones de lo más variado a todo aquel que se decidiese a cruzar el umbral.


Con un par de consejos en la mochila y muchas ganas de comprobarlo por nosotros mismos, pusimos rumbo hacia La Fraternidad, con la esperanza de fotografiar todo cuanto se nos cruzara por delante... De camino, nos topamos de lleno con una tormenta que descargaba toda su furia cerca de la zona donde nos dirigíamos.. En cierta manera, hubiese sido muy interesante vivirla desde dentro, mezclándonos con su sonido, disfrutando de los distintos cursos de agua, capaces de camuflar los quejidos propios de una construcción vieja, deseosa de contarnos su historia... Sin embargo, cuando llegamos allí, la lluvia había cesado y comenzaba a gestarse un atardecer envidiable, rosado, cálido... Una maravilla que no pudimos evitar capturar, junto a los restos de una pequeña ermita:


Una vez allí, y en cierto modo, nuestras esperanzas se truncaron... Me habían informado de que las puertas de hierro que cortaban el paso de los curiosos estaban totalmente abiertas y que podríamos entrar con tan sólo un pequeño empujón, pero algo no iba bien: las puertas de hierro habían sido retiradas intencionadamente y, los restos de semejante obra de arte, reparados con cemento reciente. No había vallas que impidieran el paso y los muros también eran demasiado bajos... Definitivamente, nuestra visita no iba a resultar tan fructífera a como hubiésemos deseado... A simple vista, todas las ventanas y puertas habían sido tapiadas recientemente... Los ladrillos se encontraban perfectamente alineados en todos los huecos de acceso posibles, y se podría decir que el cemento todavía estaba húmedo.


Rodeamos por completo el edificio, con la esperanza de encontrar algún hueco que nos permitiera perdernos en sus entrañas, pero no fue posible: las únicas ventanas abiertas se encontraban fuera de nuestro alcance, tan altas que hubiese sido más sencillo acceder desde el cielo... El patio delantero aparecía totalmente devorado por la naturaleza, donde un enorme árbol cubre todo lo posible y apenas deja sitio para avanzar...


Y aquí acabo nuestra fugaz visita a La Fraternidad... Sin embargo, y como todavía quedaba luz, decidimos desplazarnos hasta Monóvar, donde nos habían hablado de un par de edificios abandonados a la entrada... Uno de ellos, una antigua estación de ferrocarril... ¡Con lo que a nosotros nos gustan las estaciones! Esos edificios tan singulares que han sido testigo de millones y millones de encuentros y despedidas... Además, y si mis previsiones no fallaban, tendríamos la oportunidad de ver circular algún tren repleto de pasajeros que nos mirarían sorprendidos preguntándose: "¿qué hacen este par de locos al otro lado de la vía si ya no hay apeadero?"

De camino y casi por sorpresa, encontramos una vieja construcción, abandonada a su suerte junto a las vías del tren... ¡Parecía que estaba esperándonos! ¿Los restos de la vivienda del encargado de la caseta de las agujas? La única forma de acceder era cruzando las vías, pero esa no era lo verdaderamente difícil: una profunda zanja rodeaba toda la casa, por lo que tuvimos que acceder a ella caminando por encima de una tubería...


Su interior nos sorprendió gratamente: a pesar de lo deteriorada que se encontraba, en la casa podían distinguirse perfectamente todas las estancias. Era una vivienda bastante espaciosa y bien distribuida, lejos de lo pequeña que parecía desde el exterior... Una enorme chimenea presidía el salón principal, situado justo después de haber cruzado el umbral. Un brutal golpe intencionado la había destrozado, pero aún así podía discernirse su antigua estructura y los restos de hollín en su interior...


Un pequeño cuarto de baño, una estrecha despensa sin techo y un par de estancias más completaban el conjunto total de la vivienda, toda ella fabricada con adobe... ¿Techos de adobe y caña? Pues sí... Y podéis comprobarlo vosotros mismos a través de los restos de barro que, con las distintas lluvias, han provocado manchas por escurrimiento en las paredes... Cual restos de un antiguo asesinato. Desde luego, era evidente que la humedad había hecho mella en la casa... Mucho más que la mano humana:


Desde allí, nos desplazamos hasta el lugar que estábamos deseando ver: Estación de Ferrocarril de Monóvar-Pinoso, la cual se ha convertido en un edificio más en estado ruinoso y de abandono de los muchos que hay en lo que fue el punto de unión entre Monóvar y Elda. En su día, fábricas de mármol, bodegas, alcoholera, escuela, ermita y viviendas habitadas daban vida a la zona... Sin embargo, en la actualidad, la deplorable situación de abandono se refleja en las palmeras de la estación, devoradas por el picudo, y en las pintadas que osan adornar el edificio.


Según dicen, el último tren que paró en la estación de Monóvar- Pinoso trasladaba los restos del escritor Azorín, procedentes de Madrid, para ser enterrado en el camposanto de la localidad que le vio nacer... Desde aquel 9 Junio de 1990, los trenes pasan de largo, como los que pasaron aquella tarde de sábado... El maquinista de un tren de alta velocidad hizo sonar su bocina y los viajeros nos saludaban sorprendidos, ante el hecho de que nunca nadie se digna a pasear por los alrededores de esta antigua estación...


Aprovechamos lo que quedaba de tarde para tomar algunas fotografías más, disfrutando del silencio que el atardecer nos brindaba... Recorriendo las vías que todavía conservan algo de tráfico y rodeando las antiguas cocheras, ahora cerradas y solitarias. Culminamos nuestra visita sentados en el antiguo apeadero, como viajeros estancados en hace exactamente 24 años...