viernes, 27 de septiembre de 2013

Casco Histórico de Castell de Guadalest (Alicante)

Ese día, el plan era otro muy diferente... Sin embargo, las circunstancias no acompañaron y la Isla de Tabarca tendrá que esperar, al menos, un largo año y, por ende, un tedioso y frío invierno. El mar y la playa fueron sustituidos por la montaña de Castell de Guadalest, municipio del interior de Alicante ubicado a 595 metros de altitud, bordeado por las máximas alturas de la provincia. Con apenas 16,1 kilómetros cuadrados, su espacio está perfectamente aprovechado a la hora de reunir belleza y buenos rincones, siendo el turismo, los monumentos y los museos la principal característica de un municipio que apenas cuenta con unos 240 habitantes (INE, 2011).


Para llegar a nuestro destino, dos son las maneras posibles: por un lado, coger la carretera CV-70, entre Alcoy y Callosa d'en Sarrià, carretera que cruza el Valle de Guadalest, atravesando poblaciones tales como BenimantellBenifato y el mismo Guadalest; y, por otro, coger la misma carretera CV-70 en Polop de la Marina. Nuestra opción fue ésta última, pudiendo disfrutar previamente de toda la costa alicantina desde la carretera nacional: el incremento de horas de viaje fue superado gracias a las vistas de los rascacielos de Benidorm o las playas de El Campello, lugares que no hemos tenido el placer de visitar hasta la fecha (no quiere decir que algún día no desembarquemos en algún centro turístico).


A pesar de que las previsiones del tiempo no acompañaban, el día amaneció soleado y caluroso, con cielos despejados que dejaban ver las nubes yendo y viniendo entre esa preciosa tonalidad azul... Una meteorología de lo más adecuada para emprender un viaje a pie desde la entrada del pueblo. Además, por el módico precio de 2€ uno puede estacionar su vehículo en el parking municipal a cambio de un ticket con validez de todo un día, y así poder disfrutar del bello paseo a pie. ¿Qué más se puede pedir?


Ya desde el parking uno puede comprobar la suerte que tiene al hallarse en un lugar tan agradable: sus diferentes alturas nos regalan vistas escalonadas de lo que ya habíamos visto y de lo que, por supuesto, todavía quedaba por ver. El calor era bastante sofocante, pero no tardamos en ascender la primera de las pendientes, cruzando parte de la muralla y donde nos tomaron la típica fotografía de bienvenida. El ascenso fue costoso y, sobre todo, notable: uno es capaz de percibir que, en apenas unos pasos, ha conseguido dejar atrás pequeños árboles, pequeños coches y pequeñas personas, que también luchan contra sol para hacerse un hueco y disfrutar del paisaje. Tras cruzar una especie de túnel al más puro estilo 'andaluz', ya nos hallábamos en pleno casco histórico de Castell de Guadalest, donde montones de personas se agolpan en los bares típicos o las tiendas de souvenir, ya sea para comer embutido o para comprar una postal.


Siguiendo el rumbo del gentío, uno puede llegar hasta la Plaza San Gregorio, uno de los lugares más emblemáticos del municipio. Allí, se encuentra la Casa Consistorial, un edificio llamativo por la pureza del color blanco y su sencillez, además de su reducido tamaño. Las cuatro banderas asoman tímidamente por su único balcón, mientras el reloj nos da la hora exacta... Las 13:00... ¡Casi hora de comer! Aunque todavía no habíamos acabado... ¡Ni por asomo! La fuente central de la plaza, con una oxidada figura de San Gregorio, parece darnos su bendición cuando tratamos de acercarnos a uno de los mejores rincones: caminando con dificultad entre las rocas, uno puede llegar hasta el mirador, teniendo la oportunidad de girar la mirada 360º y comprobar cómo las murallas rodean Guadalest, declarada Conjunto Histórico-Artístico en 1973. Uno puede oler su historia, percibirla, prácticamente tocarla...


Desde arriba, el Embalse de Guadalest cuenta con un azul especial, una tonalidad turquesa que hace que cualquier fotografía parezca un cuadro pintado al óleo... ¿Y quién no es capaz de verlo como tal? De hecho, la construcción del embalse fue uno de los cambios más importantes acaecidos en el municipio a lo largo del Siglo XX; comenzó a construirse en 1953 y finalizó en 1971, 18 años después pero regalando unas vistas, simplemente, bellísimas, en las que algunas aves ponen el punto y final a esta obra de arte. La fotografía no ha sido capaz de captarlo, pero sí lo fueron nuestros ojos... 


Nuestra primera detención oficial tuvo lugar en la Casa Onduña, propiedad de gobernadores y gentes de confianza de los Marqueses de Guadalest cuya vinculación a este municipio data del siglo XVI. Éstos fueron alcaides perpetuos desde 1669 y alcanzaron nobleza en 1756, al ingresar en la Orden de Santiago don Pedro Antonio Buenaventura de Orduña y García.


Por tanto, nos hallamos ante una casa nobiliaria del siglo XVII situada entre la Iglesia Parroquial y el Castillo de la Alcozaiba, con tres alturas y numerosos rincones dignos de ser fotografiados.Su fachada ya nos informa de su estatus señorial, y si nos dignamos a cruzar su puerta de entrada, nos trasladaremos a otro tiempo, una era de esplendor; de vestidos largos, capas y caballos... En definitiva, una etapa de riqueza para unos y de hambruna para otros.


En la edificación, puede contemplarse mobiliario y decoración del siglo XIX: espejos, cortinajes, baúles, sillas, mesas, recibidores, camas, tocadores e, incluso, retratos de los propietarios; muebles de incalculable valor que, junto a la colección de lienzos del siglo XVIII y XIX y otra muy interesante de cerámica, forman un conjunto decorativo de lo más pintoresco.


Dentro del dominio de la Casa Onduña se encuentra el Castillo de la Alcozaiba, fortaleza creada por los musulmanes y de la que, actualmente, apenas queda una torre en ruinas. La pendiente es elevada, y el ascenso bajo el sol costoso, pero las vistas son inigualables: ya no sólo me refiero al del Siglo XI Embalse de Guadalest, sino a la monumental muralla, reconstruida en algunos tramos para que podamos disfrutar de un paseo más cómodo ascendiendo unas escaleras metálicas. Asimismo, también podemos acceder al Cementerio del pueblo, ubicado en las alturas y de obligado paso si queremos llegar al final del camino... Tras cruzar la zona de lápidas, panteones y fosa común, llegamos hasta el último tramo, la zona que mejores vistas nos regala ¿estamos o no de acuerdo?


Descender es mucho más sencillo... No es necesario realizar el camino inverso, basta con continuar en línea recta sin desviarse dirección al Cementerio. Además, ni hecho a conciencia hubiese sido más adecuado: el camino nos desvía hacia la calle de los Museos, siendo nuestro primer destino el Museo Microgigante. Por desgracia, el Museo de Miniaturas se encontraba cerrado en ese momento, por lo que no pudimos adquirir una entrada doble para visitar ambos.


Como no podía ser de otra forma, y tras hacer la típica parada para comer, la enorme caracola del Museo Microgigante nos da la bienvenida a un mundo mágico y diferente, donde una simpática guía te da una breve explicación de lo que allí vas a encontrar... Verdaderas obras de arte del tamaño de una pulga, enormemente detalladas y rodeando, todas ellas, una enorme oda a la naturaleza: una especie de corazón que, a modo de árbol, simula el nacimiento de un todo... Hombres y animales emergen de sus aurículas, y cuya culminación se encuentra en la planta superior, donde un enorme caballo de tamaño natural simula ser la copa, siendo su pelaje las hojas que rodean todo el techo. Simplemente, bellísimo... Espectacular, rodeado de espejos para poder disfrutar de cada uno de sus detallados rincones.


Todavía maravillados, nos dirigimos hacia el Museo de Instrumentos de Tortura: había que elegir, no quedaba demasiado tiempo y contemplar cada uno de ellos exigía recrearse, tomar fotografías y, sobre todo, perderse en su ambiente... Esa es la mejor forma que existe para disfrutar de este tipo de construcciones cuando uno se atreve a cruzar el umbral. En este caso, un umbral fruto del medievo... Un mundo duro, tétrico y, a la vez, apasionante... Eso es el Museo de Instrumentos de Tortura.


Desde nuestros primeros pasos en los sótanos, pudimos encontrar instrumentos tales como la guillotina, de un tamaño enorme y albergada en un rincón con muy poca luz, así como diversos objetos que únicamente servían para acabar con la vida de aquellos tachados de 'pecadores.' Cada uno de esos objetos, ubicados y dispersos a lo largo de una edificación de tres plantas, cuentan con una explicación de lo más explícita y dura acerca de su utilización.


Horcas, máscaras o collares y sillas con pinchos sólo son un adelanto de la selección de instrumentos de tortura medieval que encontraréis, algunas de ellas con figura de verdugo encapuchado incluida, todo ello en un entorno lúgubre, sin más iluminación que la natural y con un suelo formado por tableros de madera en mal estado que resuenan a cada paso. Sin duda, una parada obligatoria para todos los amantes del misterio... 


Nuestra visita finalizó en una fuente pública por la que hace mucho ya que no circula agua... En una confluencia de calles, comercios turísticos y heladerías... Con un granizado de limón para dos y mucho andado a nuestras espaldas. El sueño era tan inevitable como placentero... Este sólo había sido uno más de las 'Excursiones para Normales' que nos esperan... 

lunes, 9 de septiembre de 2013

Antigua Estación de Ferrocarril de Agres (Alicante)

Por todas esas veces que deseamos acercarnos hasta allí y nunca tuvimos el valor... Por esas otras que no encontramos el camino y por esas últimas que el tiempo jugaba en nuestra contra: por todas esas ocasiones va nuestra visita de hoy, esta vez, con destino en Agres... Un número elevado han sido las veces que hemos fijado nuestro punto y final en esta preciosa localidad, ubicada entre montañas en el interior de Alicante, pero ninguna la que nos habíamos adentrado tanto en ella como para conocer su antigua Estación de Ferrocarril, esa que tantas fotografías perfectas ha regalado a cuantos curiosos de la técnica HDR se hayan atrevido a acercarse.


Ya habréis comprobado que las estaciones ferroviarias ocupan gran parte de nuestras páginas: sus historias, sus peculiares construcciones y las más controvertidas fotografías nos permiten mostrar al mundo esa larga vida y, cómo no, ese inevitable envejecimiento que, tarde o temprano, llega... Algo así nos sucedió con la Estación de Ferrocarril de Agres: conocíamos a la perfección su deplorable estado y su ya más que amenazado derrumbe, pero cuando uno tiene la oportunidad de mirar hacia arriba desde sus cimientos puede comprobar cómo todas esas ideas preconcebidas se materializan en desolación... Para ello, sólo hay que echar un vistazo a las fotos que hoy os traemos. 


Desde Elche, el camino se hace largo y tedioso... Demasiada carretera hasta que uno se adentra en Agres y puede rememorar antiguas visitas: el Santuario de la Mare de Déu se divisa a lo lejos, mientras circulamos a escasa velocidad por una estrecha y sinuosa carretera, rodeada de olivos, adquiriendo el paraje una tonalidad verde cada vez más fresca y espontánea. De hecho, tenemos que desviarnos del pueblo, hasta localizar una carretera todavía más curva, ascendente y descendente, que atraviesa por preciosos y estrechos puentes que parecen sacados de los campos de Galicia. Una verdadera belleza para nuestra mirada y que nos obliga a sacar la mano por la ventana para regalaros ésto...


Ya habíamos llegado... A pesar de que la antigua estación se hallaba junto al apeadero actual, alcanzarla fue una verdadera odisea. Estacionamos junto a ella, dejando el coche en el mismo camino para descubrir el verdadero significado del silencio: el apeadero ferroviario de Agres, del cual apenas quedan en pie sus cuatro paredes, ha sido prácticamente devorado por la vegetación, pasando a ser un conjunto de ladrillos que, tímidamente, asoma por entre las hojas y troncos de los árboles... 


Ubicada en el punto kilométrico 47.8 de la línea férrea de ancho ibérico que une Játiva con Alcoy, esta estación se halla a ni más ni menos que 594.49 metros de altitud entre las estaciones de Onteniente y de Cocentaina. Fue abierta al tráfico en 1904, retrasándose más de 10 años por su difícil orografía... Este hecho lo podemos comprobar si tan sólo nos atrevemos a dar una vuelta, intentando rodearla... Lo que a simple vista podía parecer un trabajo sencillo se convierte en toda una aventura de ascensos, descensos, rocas y escombros.


La cara posterior todavía conserva muchas de sus señas de identidad más preciadas: las viejas cornisas y, sobre todo, ese enorme cartel de 'Agres' que, en su día, sirvió de indicativo para todos aquellos viajeros cuya nueva vida empezaría con el rumbo de un ferrocarril. Por desgracia, algún desalmado ha debido prender fuego a esta zona en alguna ocasión: los victorianos marcos de las ventanas, construidos en piedra, todavía conservan la tonalidad negra del humo. 


Si nos movemos, nuestra cámara puede captar cómo los techos han cedido en su totalidad... Por los huecos de las ventanas es posible ver el 'esqueleto' de la estación, asomando su encofrado entre hojas y un cielo más azul de lo habitual. La construcción ha cedido, y se puede comprobar en los muros, totalmente agrietados y que tienden a separarse cada vez más los unos de los otros... ¿Veis las aberturas? Es una completa pena que un edificio con tanto valor quede olvidado y aislado, como una única hoja de otoño entre montones de ellas... 


La parte frontal no se libra del efecto del tiempo: este recinto, apenas se deja ver entre los árboles... Raíces y ramas penetran sin piedad, restando visibilidad y obligándonos a acercarnos si queremos obtener una instantánea de calidad. De hecho, no recordaba haber visto tal cantidad de vegetación en las fotografías de otros autores... Además, el vandalismo no está presente: la meteorología y el terreno son autosuficientes para destrozar poco a poco aquello que veis... La madera podrida de los ventanales más altos todavía se encuentra visible... Incluso algunos trozos de antiguos cristales continúan insertos en sus respectivas ranuras, como resistiéndose a ser arrancados del lugar donde tantos encuentros y despedidas han vivido.


'Empalme para las Líneas Gandía Villena - Yecla Jumilla - Cieza Murcia'... Se distinguen a la perfección todas las letras, aunque no podemos decir lo mismo de los marcos de las ventanas: algunas de las piedras han caído ya... Otras, amenazan con desprenderse en un período corto de tiempo, junto con las pocas cornisas que apenas consiguen agarrarse a lo poco que queda de los muros...


El apeadero original aparece debajo de la maleza, casi por casualidad y pudiendo provocar algún que otro tropiezo... La piedra viva está húmeda y fría, claro reflejo del clima de Agres. La vieja y anticuada Caseta de las Agujas también se divisa a lo lejos, y ello no nos impide tomar algunas fotografías... Definitivamente, en Agres se respira mejor: no sé si será por el efecto óptico que provoca el color verde o, simplemente, que tengo razón. 


Tomamos alguna que otra fotografía atrevida, como aquellas en las que disparábamos la cámara al otro lado de las vías del tren, sobre el apeadero actual... Vías activas por las que todavía circulan trenes de media distancia. Los viajeros que a diario circulen en este trayecto pueden contemplar una joya de la historia ferroviaria nacional... Una construcción que, por desgracia, está en sus últimas y a nadie parece importarle.