jueves, 23 de mayo de 2013

Ermita de San José del Lentiscar (El Algar, Murcia)

Su estado es ruinoso, y poco conocemos de su historia, pero la Ermita de San José del Lentiscar nos dejó fascinados a pesar del expolio vivido en las últimas décadas. Nos hallamos ante uno más de los centros dedicados a la fe cristiana que han caído en decadencia por la falta de feligreses, ubicado en la Autopista que nos conduce de Murcia a Alicante, a la altura del desvío de El Algar. Esta entrada no es sino una denuncia a cómo ha podido suceder que un recinto tan valorado haya podido ya no sólo llegar a este estado, sino que nadie se preocupe de su existencia... Llueva, haga sol o frío, la ermita seguirá en pie... Sólo hasta que resista.


Aquella tarde volvíamos de la Zona Militar de El Carmolí y, como buenos exploradores urbanos, vamos buscando en los andenes cualquier indicio de abandono que merezca la pena fotografiar. El sol de última hora de la tarde nos devolvía una imagen increíble de una pequeña ermita pegada al asfalto, donde los tonos anaranjados de los últimos rayos incidían de una manera casi mística. ¿Cómo no hacer una pequeña parada? Podía ser que ya ni siquiera hubiese un camino físico que condujera hasta allí, pero era necesario intentarlo...

Si bien es cierto que tuvimos que dar varias vueltas por caminos de cultivo, intentando encontrar el más adecuado, la Ermita de San José del Lentiscar nos estaba esperando, solitaria y abandonada, sin más compañía que el sonido que produce el choque de la velocidad contra el viento de aquellos vehículos que circulan a escasos metros. Este recinto sagrado del Siglo XVIII seguramente sería un lugar de oración frecuentado por los pastores trashumantes que conducían sus ganados por las veredas cercanas... Ahora, sólo quedan escombros tras un muro de hormigón repleto de pintadas, cuya última parte ha sido reconstruida recientemente para evitar las barrabasadas que ya se han cometido y que ya no tienen solución.


El Lentiscar, de donde viene su nombre, es una de las diputaciones en que se divide el término municipal de Cartagena desde 1720, clasificación establecida para una mejor organización administrativa y, sobre todo, para tener controlados a los vecinos por motivos recaudadores. En el año 1715, los caseríos diseminados del Lentiscar sumaban 85 vecinos (cabezas de familia) y 340 habitantes, y más tarde, la población ascendió notablemente, siendo La Puebla, Los Beatos y La Aparecida los núcleos de población que más crezcan en este territorio, contando cada uno de ellos con más de un centenar de habitantes en 1920.


En estas fechas, la ermita que prestaba auxilio espiritual a todos ellos era la de San José, dependiente de la parroquia de La Palma. La ruina de la ermita tan sólo es una consecuencia de la despoblación de los pequeños núcleos de población que la circundaban... Sus habitantes han preferido asentarse en poblaciones de mayor volumen y más servicios, como El Algar o Cartagena, abandonando sus casas, sus campos y sus ermitas, como es el caso de la ermita de San José, de la que ya tan sólo nos queda una descripción.


Durante los años 50 se llevaron a cabo unas labores de restauración, siendo el cura de La Palma el que se desplazaba hasta allí cada domingo para celebrar la misa. Sin embargo, poco después se suspendería el culto por la escasez de feligreses, lo que alentó el asentamiento de vagabundos y el robo del material más valioso: retablos, imágenes, cuadros y demás ajuar litúrgico. A todo ello debieron seguir las pintadas, los destrozos varios en los muros y todo lo que actualmente vemos de ella, que es más bien poco...


Fue entonces cuando La Puebla se constituyó en parroquia independiente y se construyese un templo en Los Beatos... Quizá fuese eso lo más decisivo a la hora de echar el cierre... Cierre que afecta ya no sólo a la Ermita de San José, sino a muchos otros recintos religiosos, dando lugar a la apertura de otros, pues la afluencia de feligreses es lo que manda. De hecho, hoy día, Punta Brava y El Carmolí son los puntos en el estío más poblados del Lentiscar por ser residencia de verano, a las orillas del Mar Menor... En el resto de año es cierto que están más 'parados', pero en verano... La afluencia de feligreses será mayor.


Si bien es cierto que no entramos, fue simplemente por respeto, y todas las fotografías están tomadas desde el exterior. No es nuestra intención dañar todavía más esta pequeña ermita, con casa adjunta que amenaza con caer abajo... Actualmente, tan sólo es identificable la falsa bóveda de crucería, todavía en color blanco (¿demasiado alto, quizá, para que los vándalos actúen?) y la bella profundidad que se percibe hasta el campanario. Éste ya es inexistente, al igual que los tejados de esa zona... Sin embargo, todavía se pueden dilucidar los detalles de las columnas, posiblemente azules, con molduras y capiteles propios de una ermita marinera.


La vegetación y los escombros cubren casi todo el espacio... Sin embargo, su esencia continúa latente entre tanto expolio. Los rayos de sol entran y salen a su antojo por cada hueco disponible, reflejando lo que continúa siendo belleza a pesar del paso del tiempo. Pero no por ello no voy a dejar de denunciar su abandono... ¿Cómo es posible que estos sitios, que han tenido una historia, queden en el olvido hasta que caigan por su propio peso? No es justo que elementos tan importantes del paisaje natural y cultural de nuestras vidas, esenciales dentro de la identidad local, mueran en el olvido... Nuestras vidas no tendrían sentido sin ellos... Y las vuestras, tampoco.

viernes, 17 de mayo de 2013

Zona Militar El Carmolí (Cartagena, Murcia)

El abandono y la soledad son mandamientos esenciales en nuestro decálogo. De ahí, podríamos decir que derivan una especie de 'objetivos específicos', los cuales hacen que nos decantemos por cualquiera de las diversas tipologías: edificios religiosos, estaciones de ferrocarril, fábricas, hospitales y, cómo no, una 'especie' que todavía no habíamos alcanzado: terrenos militares, algo escabrosos y con carteles que prohíben el paso, lo que los convierte en lugares con un 'morbo' añadido. Nuestro destino queda fijado prácticamente en la playa... Una playa militar, por cierto: El Carmolí, en Cartagena, provincia de Murcia.


Confieso que, desde Elche, el camino es largo... Pero vale la pena, ya no sólo por las vistas marítimas que pueden contemplarse desde allí, sino por esa sensación de adentrarse en 'zona acordonada', vetada para los civiles y que tantos secretos parece esconder. No resulta complicado llegar: la carretera es bastante buena a pesar de ser costera y, una vez se han dejado atrás Los Alcázares (zona militar por excelencia), se podría decir que se está pisando la Playa del Carmolí, casi pegado a Los Urrutias.


La zona recibe su nombre por el Cabezo de Carmolí, un volcán ya apagado en el pueblo de Los Urrutias que tuvo su origen hace ahora unos 7 millones de años. De hecho, actualmente es un cono erosionado con cráter desaparecido, compuesto por adesita, que genera curiosas formas y frágiles formaciones rocosas en las laderas. Es uno de los volcanes más famosos de la región murciana, con unas bonitas vistas de todo el Mar Menor y con un importantísimo valor medioambiental y botánico en sus 113 metros de altura. Sin embargo y por desgracia, ha sufrido agresiones desde tiempos atrás, algunas de ellas relacionadas con la adquisición de los terrenos por parte del Ministerio de Defensa y que están relacionadas con nuestra visita. 


Estacionamos frente a la playa, donde lo hacen todos y cada uno de los pescadores que, sobre todo en fin de semana, dedican horas y horas a su afición. A lo lejos, cruzando la carretera que nos había conducido hasta allí, se divisa uno de los viejos edificios del acuartelamiento, viejo y destartalado. Una vez cruzada la cadena, el cartel de 'Zona Militar' nos da la bienvenida tras una destrozada valla de la que sólo queda su historia... El camino se sortea a pie, sin dificultades a pesar de la maleza y lo descuidado del lugar... Ni un ruido, tan sólo el del mar a lo lejos. 


Desde los inicios de la aviación en España, el Mar Menor siempre ha sido considerado un enclave esencial: buenas condiciones meteorológicas, enormes espacios abiertos... Todo ello favoreció la construcción del primer aeródromo militar en 1917: el Aeródromo de San Javier, conocido actualmente como la Academia General del Aire y que tantos buenos profesionales forma cada año. Sin embargo, nuestro cometido giraba en torno a un lugar diferente pero cercano: la Zona Militar El Carmolí. Antes de la Guerra Civil, la República instaló cerca del Carmolí un aeródromo militar que se utilizó como escuela de vuelo de alta velocidad, siendo uno de los modelos más famosos que se utilizó en aquella época el conocido Polikarpov I-16, caza de fabricación soviética muy maniobrable, llamado 'Mosca' por los republicanos y 'Rata' por el bando nacional.


Ya durante la Guerra Civil, en 1937, se añadió la Escuela de Vuelo Nocturno, y se empezó a trabajar en nuevos modelos de aviones, como el Breguet XIX o el Koolhoven FK-51. Los pilotos de la Escuela de Caza solían acabar allí su formación, mientras el aeródromo ofrecía protección aérea a la zona de Cartagena. Sin embargo, una vez acabada la Guerra Civil (1943), comenzó a utilizarse como aeródromo civil, utilizando la pista de asfalto que todavía puede contemplarse desde la vista aérea y, cómo no, allí mismo. Es evidente que, poco a poco, fue cayendo en desuso... Su larga historia tocaba fin. En los últimos años, se ha utilizado, básicamente, como zona de maniobras y prácticas de aterrizaje para pilotos de las bases militares activas: el Aeródromo de San Javier y la Base Aérea de Alcantarilla.


Sí, es cierto... El fin ha llegado: ahora sólo queda abandono y expolio. Las pintadas cubren cada una de las fachadas de este edificio en forma de escuadra dedicado, por su apariencia más básica, a cubrir las necesidades de aseo personal de los militares. Restos de tuberías de plomo, azulejos blancos y cuartos de baño individuales nos dan las pistas para identificar lo que pudieron ser los pabellones de duchas, ahora irreconocibles por el paso del tiempo.


Los restos de unas piletas para lavar la ropa embarrada por las maniobras continúan visibles en una de sus caras, bajo unos ventanales donde hasta los marcos han sido sustraídos. Las enormes piedras que las formaban aparecen partidas en el suelo, y todavía pueden distinguirse los agujeros de las antiguas tuberías en la pared.


Ascendimos, utilizando las escaleras mohosas pero que, aún hoy en día, continúan intactas... Y tomamos alguna fotografía desde ese ángulo. De hecho, la peculiar forma del edificio es perfectamente reconocible desde la vista aérea... Cualquiera que se lo propusiera y que tuviese unos euros de gasolina en el depósito, podría dirigirse hasta allí sin perderse.


Con cuidado, nos introdujimos en su interior... ¡Y tanto que con cuidado! El techo había cedido casi por completo, y los escombros cubrían todo aquello que, en su día, fue pisable... A todo ello hay que sumar el expolio durante la última década: ¡hasta las tuberías de plomo han sido arrancadas de la pared, derribando casi todos los muros! La luz entraba sin compasión por los enormes ventanales, desde los que se pueden contemplar unas vistas inigualables al mar.


Adentrándonos un poco más, descubrimos una especie de baños... Restos de inodoros y algunos muros individualizados nos dan las pistas para deducir que, ese conjunto de paredes con restos de azulejos 'blanco hospitalario' sólo pueden ser excusados. ¡Bonitas vistas para entrar al baño, por cierto!


No pudimos continuar caminando por ese área... Era imposible desplazarse entre tanto escombro. Por ello, tuvimos que salir e intentar entrar por la otra puerta, para acceder a la parte que nos quedaba por ver... En este caso, las duchas. Casi un pabellón completo envuelto en azulejos blancos nos da la bienvenida con la playa a un par de metros... Todavía queda algún muro en pie cubierto de blanco 'grafitteado', aunque los montones de escombros se amontonan por todos los rincones. ¿Cuántos militares no habrán pasado por aquí después de largos días de maniobras? Yo creo que los cantos militares continúan camuflados bajo las olas del Mar Menor.


En la siguiente estancia... Enorme, por cierto... El sol ya no entra tan sólo por las ventanas: a pesar de que el techo también ha cedido, incluso las tejas, el nivel de escombros es muy inferior, como si se hubiese retirado. El suelo de terrazo puede verse a la perfección y caminar sobre él, mientras unas paredes en tono rosado lo rodean por completo. ¿Qué tipo de actividad se desarrollaría aquí? ¿Una zona de descanso, posiblemente? No son muchos los detalles que nos permiten identificarla... Las plantas han crecido: ya no sólo van adentrándose por las puertas, sino que están dentro... Han conseguido emerger entre las juntas del suelo.


Tomamos algunas fotografías más a su fachada... Intentando imaginar cómo serían las cosas tiempo atrás, cuando la base estaba activa, cuando los aviones iban y venían, cuando los militares abarcaban el recinto. Yo creo que, si uno afina el oído, podría imaginar sus aviones, deslizándose por las pistas... Si bien es cierto que nos quedamos con las ganas de visitar tanto el acuartelamiento (todavía no sé si sigue en pie) como la fábrica Chaconsa, la cual albergaba un Hovercraft y un anfipuerto, tenemos pensado volver en un par de semanas... Y os contaré si es verdad la oscura leyenda que por allí se cuenta.


lunes, 13 de mayo de 2013

Presa del Pantano de Elche (Alicante)

Soy ilicitana de nacimiento... Abrí los ojos por primera vez en Elche y, a pesar de todo, soy de las que optan por salir a buscar fuera lo que, en ocasiones, tenemos en casa... ¡Qué paradoja! De hecho, jamás había estado frente a uno de los más importantes Patrimonios Culturales Valencianos: la Presa del Pantano de Elche. A pesar de los siglos que lleva en pie esta monumental construcción, continúa manteniendo esa magia que tanto la caracteriza, que deja descender el agua lentamente y en cascada, con ese peculiar sonido que emite el agua al caer, al circular... Ese ligero chapoteo tan original, tan especial.


Por suerte, esa tarde no estaba lloviendo ni había llovido en días previos, lo que implicaba una buena tarde soleada para recorrer el camino que conduce a la presa sin problemas. Para aquellos que no lo sepáis, se puede llegar perfectamente al Pantano de Elche siguiendo las indicaciones de la rotonda del Puente del Bimil.lenari y tomando todos los desvíos hacia la izquierda... El camino que conduce a la presa, y nunca mejor dicho, se ha convertido en 'pantanoso': la vegetación lo ha cubierto por su escaso uso, el terreno ha cedido y, por ende, hasta un todoterreno quedaría atascado en semejante barrizal (o secarral, dependiendo de la época del año). Por ello, recomiendo dejar el coche estacionado a un lado en el camino asfaltado y continuar a pie (si venís desde Elche a pie, mucho mejor y menos preocupaciones).


Desde el inicio del camino hasta la presa podemos calcular unos 700 metros, aunque éste es bastante incómodo y está francamente perjudicado (hay que llevar sumo cuidado con los daños que han causado las escorrentías de agua). De camino, uno puede divisar, a mano izquierda, un merendero abandonado: cuartos de baño olvidados, una zona de barbacoas y una antigua pista de tenis se conservan solitarias, sin que nadie venga a visitarlas desde que el camino se abandonase... Tomamos algunas fotografías, pero nuestro punto de destino no estaba fijado ahí... Por ello, prometo regresar para poder retratar lo que, verdaderamente, se encuentra tras los muros de esta abandonada zona de recreo.


A lo lejos, uno ya puede escuchar el agua... El silencio es tal que tan sólo resuenan nuestras voces y nuestros pies sorteando rocas, generando ese característico eco de la soledad. El camino se hace largo e incómodo... 700 metros de altibajos, desniveles y pies hundidos en la tierra... ¡Suerte que no había llovido! De lo contrario, hubiese sido muy complicado desplazarse por allí... Ya no sólo por la humedad, sino por la presencia de mosquitos y demás insectos voladores que, normalmente, habitan las zonas de río.


Finalmente, llegamos... Y allí estaba: enorme, abarcando una gran cantidad de espacio. Como ya he dicho, y a pesar de haberla visto en fotografías, era la primera vez que la contemplaba personalmente... Y nada tiene que ver con las imágenes digitales: la Presa del Pantano de Elche parece sacada de un cuento medieval... ¡Y no es para menos! Se trata de una presa de bóveda, construida en dos tramos, aprovechando un promontorio rocoso en su parte media. De unos 22 metros de altura y 75 de anchura, fue construida en el S. XVII (1632) sobre el río Vinalopó, entre la Sierra de Elche y la Loma del Castellar, en la provincia de Alicante. Está considerada la primera presa en arco que se construyó en Europa desde los romanos y es una de las pocas obras de esta índole en nuestra comunidad, así como por poseer además un valor histórico, como conjunto representativo de intervención en el entorno y explotación de sus recursos.


Su característica fundamental se divisa en que nos hallamos ante estructuras finas y que requieren menos material que cualquier otro tipo, ya que se valen de la configuración geométrica del arco para la transmisión más eficaz de los empujes. Fueron los romanos los primeros que emplearon el arco en la construcción de pantanos, aunque no tan profusamente como lo hicieron en edificios y puentes.


Originalmente, fue construida para aprovechar las aguas de las avenidas del mencionado río, habituales en las lluvias torrenciales, y aprovechar estas aguas para su uso en regadíos. Sin embargo, han sido estas avenidas las que a lo largo de la vida de la presa se han encargado de colmarla de sedimento, disminuyendo la capacidad de retención de agua y obligando a varias limpiezas para recuperar la capacidad, que se veía notablemente disminuida.


Por desgracia, en 1995 y como consecuencia de una riada, reventó la compuerta reguladora, ocasionando una gran avalancha de lodo que contribuyó a vaciar la presa, dejando al descubierto la tremenda sedimentación del fondo y quedando su capacidad notablemente mermada. A partir de ese año, el pantano no retuvo apenas agua y quedó en el olvido a pesar de su vistosidad... Por aquellos entonces, yo era apenas una enana, pero bien recuerdo este suceso y sus consecuencias. Cuando alguien hacía mención del Pantano de Elche, siempre recalcaba que era 'como si no tuviésemos, puesto que estaba inservible desde hacía años.'


Muchas fueron las promesas de recuperación hasta que, por fin, se vieron materializadas: en Septiembre de 2007 se iniciaron los trabajos de rehabilitación de la presa, con el fin de volver a retener agua, creando un paraje natural que pudiese originar vegetación y fauna propias. Finalmente, y tras un largo período de 13 años, en Marzo de 2008 nuestro pantano volvía a retener agua tras su abandono... Hasta que algún impresentable no tuvo una mejor idea que abrir las compuertas y vaciar la presa.


Tras reforzar esas compuertas, a inicios de 2009 el pantano comenzó a llenarse de nuevo, esta vez de forma consolidada y hasta el día de hoy... En el que cualquier viandante puede disfrutar de un bonito paraje natural con una cantidad de agua muy considerable. A pesar de que la fauna y la flora no sean del todo llamativas, lo cierto que se está creando un ecosistema que, a pesar de poder tardar los próximos 100 años en asentarse, poco a poco va cobrando forma.


El agua se mueve con total libertad, caprichosa, descendiendo por la cascada o, incluso, emergiendo de bajo tierra, todo ello para unirse al curso habitual del río que cruza la ciudad. Si uno, además, sortea el fango y se aproxima a la zona de la derecha, puede comprobar la existencia de unas escaleras excavadas en la piedra, las cuales nos conducen a la parte de arriba de la presa y, también, la más peligrosa. Hay que llevar sumo cuidado: la inclinación es bastante elevada y, la superficie, abrupta... Sin embargo, y a pesar de ello, estos escalones se conservan lo suficientemente bien como para acompañarnos en nuestro ascenso sin sorpresas.


Al final de la primera tanda de escalones, la muralla que compone nuestra presa culmina en una puerta de arco de medio punto, con unas rejas oxidadas, ya no sólo por el paso del tiempo, sino por las idas y venidas del agua, que siempre vuelve a su cauce natural. Una vez traspasada, nos encontramos en el lateral del pantano, la zona más vertiginosa para aquellos que le tengan miedo al agua. Allí, las escaleras son menos definidas, pero si somos tan osados de ascender, podremos divisar la parte superior y su nivel de agua... No hace falta que diga que el pantano no tiene aliviadero, de modo que, cuando las lluvias son muy elevadas o su nivel de agua excesivo, ésta sobrepasa la corona y se desliza hacia la base, de donde venimos, donde continúa su curso natural... En esa tarde, era evidente que su nivel de agua era considerable.


Algunos patos se agolpan a lo lejos... Podemos verlos si enfocamos la vista hacia los aproximadamente 800 metros de pantano que podemos divisar desde este ángulo. Según he podido leer, el pantano mide, en total, más de 2 km de largo, en una forma de serpiente... Y, si además, corremos el riesgo y nos acercamos a su orilla, podemos corroborar su enorme profundidad y, cómo no, su cantidad de agua... Un espectáculo vertiginoso.


Esta zona es bastante peligrosa... De hecho, una oxidada y abierta reja de hierro nos prohíbe el paso... Y le hacemos caso, pues conocemos perfectamente su destino: la corona del pantano y la zona más peligrosa. Uno debe llevar cuidado, sobre todo cuando el agua desborda... Un resbalón y/o caída desde esa altura y sobre un área rocosa puede hacer mucho pero que mucho daño.


Ascendimos el resto de las escaleras que nos lo permitían... Y pasamos el resto de la tarde sobre las alturas, tomando el aire y escuchando el relajante curso del agua... Una construcción abandonada y derruida pone punto final a nuestro recorrido, por lo que aprovechamos para tomar algunas instantáneas. Sin embargo, pronto anochecería, y es recomendable hacer el camino de vuelta cuando todavía queda un poco de luz... Ya os he dicho que, tanto el descenso como el terreno son bastante abruptos... ¡Cuidado con los resbalones! Y, por si acaso, coged una linterna... ¡Nunca se sabe!


No tardaremos en regresar... Ese merendero abandonado nos ha dejado sedientos de fotografías.

viernes, 3 de mayo de 2013

Lavadero de Roberto - Nave de la Familia Maestre (Cartagena, Murcia)

Por petición expresa de la persona que nos 'llevó' hasta este lugar, no daré demasiadas indicaciones sobre su ubicación, con la única finalidad de evitar los actos vandálicos que nosotros, como exploradores urbanos, encontramos cuando nos creemos los primeros en descubrir su existencia. Sólo puedo indicaros que se trata de uno de los edificios adheridos al Lavadero de Roberto, parte relevante del patrimonio minero del conjunto de la sierra de Cartagena-La Unión y culpable de uno de los desastres naturales más importantes que afectarán, de por vida, a la romana Portus Magnus.


El recorrido fue verdaderamente largo, pues la localidad donde se ubica el conjunto es costera y la carretera que te lleva hasta allí es bastante sinuosa (cosa que sabemos bien los que hemos estado). Sin embargo, tan lento viaje vale la pena sólo por contemplar la cantidad de construcciones y fábricas abandonadas donde pasar una tarde agradable echando fotos. Muros, chimeneas y maquinaria se distribuyen casi por acuerdo a lo largo de una carretera de no más de 8 kilómetros. 


Dejamos el coche allí mismo, mientras decidíamos a cuál de todas las naves anexas podíamos dirigirnos... El tiempo siempre juega en nuestra contra, y había que elegir. A pesar de no poseer demasiada información acerca de su historia, nos decantamos por una de las altas chimeneas pertenecientes a un complejo que, como su propio nombre indica, tenía la misión de lavar el mineral, para eliminar las impurezas. Situado a las afueras del casco urbano, fue puesto en funcionamiento en el año 1957 y llegó a ser, en su modalidad, el más grande de Europa. Con el transcurso del tiempo ha sufrido numerosas modificaciones, constituyendo una de las más importantes la de emplear el agua del mar en todo el proceso de tratamiento del mineral, para lo que se instaló una estación de bombeo en la misma playa, con todas las consecuencias que ello conllevaba. En 1966 se amplió la capacidad del lavadero y, por tanto, los vertidos al mar, que no cesarían hasta la década de los '80-'90, habiéndose producido, para entonces, uno de los mayores desastres ecológicos de la costa mediterránea.


No tardamos en colarnos por una de sus naves, en concreto, aquella situada en la parte más alta, dedicada a las fundiciones de plomo que, antaño, existieron en esta localidad: la nave perteneciente a la Familia Maestre y que, posteriormente adquirió la SMM de Peñarroya. La valla ya contenía una enorme abertura y no era necesario hacer un gran esfuerzo para proponerse ascender todas esas escaleras por las que, cada día y durante casi 40 años, ascendían un centenar de trabajadores a realizar su labor. Su inclinada posición lo convierten en una ardua tarea, que no desagradable, pues cada escalón regala unas mejores vistas de una bahía vacía, en la que apenas se divisan personas.


Por su parte, el Lavadero constaba de cuatro grandes naves, cada una con una función concreta. El mineral, tras pasar por la machacadora, se transportaba al lavadero por una cinta que lo descargaba a un molino. Aquí, se trituraba y, ya molido, pasaba una zona de clasificación, que devolvía al molino lo que no se había triturado bien, completándose el proceso en la primera nave.


En la segunda nave, pasaba el resto del producto a unas celdas, donde se le daba un tratamiento de cianuro y santato, produciéndose aquí la flotación del mineral de plomo. Después, pasaba a una zona llamada acondicionador, donde se volvía a tratar, esta vez con sulfato de cobre y santato, haciendo flotar ahora el mineral de zinc. Por último, en otro acondicionador, se conseguía la flotación de la pirita.


En la tercera nave se localizaban tres bombas que elevaban los estériles hasta una cañería, que los llevaba al mar. En la cuarta nave, se ubicaban dos tanques, uno de plomo y otro de blenda. Cada tanque tenía una bomba con la misión de transportar el mineral a la fundición. Además de estas naves, el recinto contaba también con un taller mecánico.


Previamente, y antes de introducirnos en el interior de la Nave de la Familia Maestre para descubrir sus encantos, ascendimos todas y cada una de sus escaleras, sorteando niveles y arbustos, divisando la gran cantidad de minerales dispersos por todas partes y de caprichosa manera. Desde arriba, las vistas del pueblo son increíbles: el agua del mar, la solitaria playa y el conjunto de naves proporcionan al turista unas imágenes geniales.


Desde arriba, uno puede divisar ya no sólo viejos minerales expoliados... También el camino que conducía hacia el Túnel 'José Maestre', donde todavía existe gran cantidad del material ferroviario que se utilizaba en la extracción de mineral para abastecimiento del lavadero. Construido en Julio 1957 por la Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya, ésta explotó, entre otras, las canteras a cielo abierto de la Mina Emilia, con todas las consecuencias que ello conllevó para el paraje natural.


Su aspecto tétrico y solitario, donde el óxido cobra el protagonismo, envuelve el lugar en un halo de misterio... ¿Cuántos trabajadores no habrán vagado de aquí para allá en sus años de actividad? El tiempo ha pasado, pero sus huellas continúan impregnando el ambiente.


Decidimos descender... Y, a pesar de que todas sus puertas están cerradas, es posible acceder a la nave a través de un ventanal, que se encuentra a la altura de los escalones (¿una posible Salida de Emergencia?). Si bien es cierto que poco sabemos de este edificio, la primera impresión nos corrobora nuestras afirmaciones: posiblemente, se tratase de un primer paso entre la mina y el lavadero, puesto que un sinfín de cintas transportadoras cubren cada rincón, pudiendo ser que éstas trasladasen el material desde el túnel situado a lo alto hasta un silo, ubicado al otro extremo.


El lugar, (por cierto) bastante peligroso, resulta apasionante. A pesar de que las barandillas han sido derribadas y hay que moverse con sumo cuidado, las imágenes son perfectas: antigua maquinaria, tablones y suelos de madera, techos derruidos, óxido, podredumbre... El olor a cerrado y polvo invade el ambiente... Increíble que este sitio haya sido tan poco vandalizado.


Descendimos las escaleras que nos lo permitían... Y avanzamos evitando la peligrosidad. De hecho, al final de las cintas transportadoras, encontramos el silo, el cual otorga esa forma tan peculiar al frente de la fábrica. Una vieja y oxidada escalera de hierro lo rodeaba, en deplorables condiciones y que no permitía avanzar... Su techo, en pésimo estado, ha cedido casi por completo, y la luz del sol se cuela sin precedentes... Ahora, esta nave es de su propiedad... Suya y de la naturaleza que la rodea, y no piensan abandonarla.


Han pasado 25 años desde que la empresa de Peñarroya echó el cierre y, desde entonces, nadie ha respondido acerca de las miles de toneladas de vertidos tóxicos que acabaron en el mar... No descendimos a la bahía, tampoco había demasiado tiempo, pero la magnitud del desastre es de lo más evidente: afectó a la fauna marina de una forma irreparable y, con ello, a los grupos de pescadores cuyo único recurso era éste después de la minería. Poco se sabe de los distintos planes de recalificación del suelo y recuperación de la bahía, de los cuales se ha hablado mucho desde los '90 y poca repercusión han tenido. Los carteles que recubren el pueblo tienen, para todo aquel que lo lea, tan sólo un carácter simbólico.


Era la hora de marchar... De dejar atrás un lugar con muchos más rincones por descubrir... Pero con la promesa de regresar.