viernes, 27 de julio de 2012

Isla de Tabarca (Santa Pola, Alicante)

Varias han sido las veces que he tenido la oportunidad de visitar la Isla de Tabarca, más en concreto dos, pero la última fue única y exclusivamente para disfrutar de los parajes más recónditos de un lugar con una superficie total 30 hectáreas, de longitud máxima de 1.800 metros de NO a SE, y una anchura máxima de 450 metros. Se encuentra a unos 22 kilómetros de la ciudad de Alicante, y unos 8 km del Puerto de Santa Pola, y ha recibido numerosas denominaciones a lo largo de su historia, que probablemente comenzó en la época griega/romana... Seguramente, la que más conozcáis sea Planesia, pero muchos han sido los nombres que la han bautizado desde entonces. Su relieve, en general, tiende a ser plano, mientras que toda la costa es accidentada, repleta de vistosas rocas que nos regalan unas vistas sin igual. Su clima, mediterráneo seco, suele resultar agradable en cualquier época del año... Sin embargo, no para la vegetación: en su mayoría, es escasa, ya sea matorral o arboleda... Seguramente, su enclave no permita un crecimiento satisfactorio de plantas autóctonas. 


Mi última visita fue, aproximadamente, hace dos años, por estas fechas... Aunque estábamos en Agosto, tomamos la sabia decisión de pasar un Miércoles completo allí, desde primera hora de la mañana hasta bien entrada la tarde, para descubrir las razones que llevaron a convertirla en un Conjunto Histórico-Artístico el 27 de Agosto de 1964. La isla está comunicada por líneas regulares de catamarán con Alicante y Santa Pola, existiendo también servicios estacionales a Guardamar del Segura y Torrevieja. De hecho, debido a las reducidas dimensiones de isla, en su interior no existen carreteras ni apenas tráfico de vehículos, por lo que el aire respirado es verdaderamente limpio. Es por ello por lo que tomamos uno de estos 'vehículos' en el Puerto de Santa Pola pasadas las 10 de la mañana... Eso sí, no os hagáis ilusiones con la visión submarina: además de apestar a combustible, la zona inferior de estas embarcaciones sólo nos muestra lo sucios que somos los seres humanos con la naturaleza. 


El Puerto de Tabarca, de muy reducidas dimensiones, ya nos deja hacernos una idea de lo que veremos a continuación: numerosas embarcaciones de recreo se agolpan entre las rocas, unas paradas, otras en funcionamiento, mientras nuestros pies pisan un terreno verdaderamente árido, donde la vegetación no sobrepasa una determinada altura y su coloración es verde grisácea sobre un terreno poco homogéneo. Tras subir la pendiente que nos lleva a la 'cima', la isla te da dos opciones: adentrarte en el pueblo o, por el contrario, descender a una de las dos playas que posee, bastante más rocosas que arenosas. La decisión estaba clara: nos adentraríamos en el pueblo, para descubrir su historia o pasear entre sus gentes. 



El acceso se logra a través de la Puerta de Levante o de San Rafael (Porta de Llevant o de Sant Rafel) de la Muralla que la rodea. Está situada al este y se trata de la vía de comunicación entre la ciudad y el campo, donde se halla el Puerto. Cuenta la historia que, ante ella, debería haberse construido un antemural que permitiera la vigilancia del campo y del mar a ambos lados, pero nunca llegó a realizarse. En ese sentido, he de decir que el perímetro de la Muralla se adapta perfectamente al de la isla, y se construyó en su mayor parte según los planes originales. En total, posee tres puertas, todas ellas de estilo barroco, al igual que todas las figuras cristianas que nos dan la bienvenida en sus altares: sólo es necesario observar sus caras de dolor y sufrimiento para percibir la época en la que fueron talladas. 



En sus calles se respira tranquilidad... Ya no sólo por la ausencia de vehículos a motor, sino porque el grueso de turistas se encuentra, en su mayoría, en la playa, agolpándose por unos rayos de sol o un pedazo de arena donde disponer la toalla. Todas las viviendas tienen una construcción similar, aunque algunas ya aparecen reformadas: casas unifamiliares, de una o dos plantas, pintadas mayormente en tonos blancos y/o azules. Cuenta la historia que, a pesar de que algún día la isla fue poblada por los romanos, la historia de la actual Tabarca comienza en 1768, cuando Carlos III, instado por el mercedario fray Juan de la Virgen, consiguió la redención de un grupo de 69 familias de origen ligur que, bajo el gobierno de la República de Génova, se habían instalado en la isla tunecina de Tabarka. Esta isla había reducido a sus habitantes a esclavitud, comenzando su liberación y traslado hasta la nueva isla de Tabarca en Diciembre de ese mismo año. A cada familia le fue asignada en la isla una casa numerada, con acto formal y recibo regular, concediéndoles a los colonos una serie de privilegios y exenciones. La seguridad fue confiada a una galeota y, para el desarrollo de la pesca, se concedieron seis embarcaciones aparejadas. De hecho, el origen genovés de sus habitantes actuales es fácil de comprobarse a través de un seguimiento histórico de los apellidos más comunes: Buzo, Capriata, Chacopino (Jacopino), Colomba, Russo, etc.


Aunque las obras principales concluyeron con la construcción de las casas, no debemos olvidar las MurallasBateríasBaluartesTenazasPuertasAlmacenes Glacis, seguido de Bóvedas subterráneas donde almacenar los pertrechos militares, Caballerizasla Iglesia, la Casa del Gobernador y las Casas de Ayuntamiento, por si alguna vez llegara a tenerlo (cosa que nunca sucedió). Además, se realizó toda una serie de instalaciones imprescindibles para la vida isleña, como un Lavadero, una Cisterna para el agua de lluvia, Hornos de PanCal Yeso, etc. Si bien es cierto que existe mucho terreno sin edificar, en la siguiente fotografía vemos cómo se agolpan las viviendas en una determinada zona, alejada de la orilla de la playa, intuimos que para evitar las humedades (inevitables, por cierto). 


En cuanto a la Muralla, decir que está construida en piedra, con las caras exteriores en sillería. Existen tramos muy deteriorados e incluso desmoronados sobre el mar, y las almenas casi han desaparecido. No obstante, desde 1980 se han llevado a cabo varias obras de reconstrucción y rehabilitación, por lo que algunas zonas nos regalan unas vistas preciosas, desde las que dan ganas de lanzarse al mar y perderse entre sus corrientes. Las aguas son totalmente transparentes, y las rocas se ven a la perfección... Por desgracia, también hay basura, aunque no tanta como en otras playas, todo ello obra y gracia de los turistas. 


Además de la Puerta de Levante o de San Rafael, otras dos son las puertas barrocas que vamos a destacar. Por un lado, encontramos la Puerta de la Trancada o de San Gabriel (Porta de la Trancada o de Sant Gabriel), puerta oeste que da paso a la antigua cantera de donde se extrajo la piedra para realizar las construcciones de la ciudad. Lo cierto es que, en dicho islote, se preveía la construcción de un Astillero y una Torre, que no llegaron a realizarse; además, en los alrededores de la puerta se han hallado enterramientos y vertederos de época romana. También encontramos la Puerta de Tierrade Alicante o de San Miguel (Porta de Terrad'Alacant o de Sant Miquel), la menor de las tres que se abre a una pequeña cala en la que se encontraba el puerto y del que sólo queda constancia por el reducido espigón formado por la roca natural.


Si seguimos caminando, topamos con la Iglesia de San Pedro y San Pablo (Església de Sant Pere i Sant Pau). Decir, en ese sentido, que en 1769 ya existía una pequeña Capilla, que se amplió a Iglesia y fue bendecida en 1770. El edificio actual es exento, de nave única y capillas laterales. Bajo su pavimento hay tres bóvedas con sepulturas y cuenta con dos puertas, una en la fachada de poniente y otra en la fachada sur, donde comienza el eje NS que se dirigía, en principio, al Castillo que nunca llegó a construirse. Tanto el pórtico como los huecos de las ventanas son de inspiración barroca, dominando en ellas las curvas y las superficies alabeadas. Contiguo a la Iglesia se construyó un edificio destinado a Casa del Cura y las Escuelas. Conviene apuntar que nunca accedimos a su interior... De hecho, en las dos ocasiones que la he visitado, se encontraba en proceso de remodelación, por lo que las fotografías están tomadas desde la lejanía y en ángulos poco satisfactorios. De todos modos, se puede apreciar la diferencia... Lo que tengo es la duda de si hoy en día se encuentra abierta al público, dado que sería un lugar muy interesante para visitar.


Dentro de su patrimonio histórico, podríamos destacar algunas cosas más, como la Casa del Gobernador (Casa del Governador). Al no llegarse nunca a edificar el Castillo, la Casa del Gobernador se construyó en un lateral de la plaza, sobre la casa que se había construido para caballerizas, a fin de instalar un alojamiento decente para el Gobernador y el Ayuntamiento (cosa que nunca llegó a tener). En conjunto, nos hallamos ante una edificación de dos plantas y cubierta a cuatro aguas, donde la parte de la planta baja refleja el uso de almacenaje que inicialmente estaba previsto, destacando sobre todo los grandes espacios libres, sostenidos por la doble arcada intermedia. En la actualidad está totalmente restaurada y alberga un hotel, situado cerca de la Puerta de Levante o de San Rafael (vemos las señalizaciones al fondo de la calle principal). 


Por otro lado, encontramos la Torre de San José (Torre de Sant Josep), cuyos antecedentes se remontan a las construcciones realizadas en los siglos XIV y XV, estando situada en el tercio oeste del campo. El edificio actual tiene forma de tronco piramidal con planta cuadrada y, alrededor de ella, se proyectó un foso que nunca se construyó. La puerta de acceso se encuentra a elevada altura sobre el terreno, desde donde se puede acceder a través de una reducida escalera. En su interior existe un patio cuadrado. Los paños de las fachadas son lisos y las esquinas estaban provistas de garitones que han desaparecido al abandonarse el edificio. Destacar que, durante el siglo XIX, fue utilizado como prisión del Estado, y actualmente es muy complicado acceder: tanto el Faro de la isla como la presente torre se encuentran tras una valla protectora, seguramente para evitar daños por parte de los indeseables. 



Hablando del Faro (Far), podemos comprobar cómo, la parte más seca de la isla, lo divisamos a lo lejos y tras una valla, inaugurado en 1854. Se trata de un edificio de grandes dimensiones que sirvió de escuela de fareros, formado por un cuerpo inferior de volumen cúbico de dos plantas destinadas a vivienda. Sobre él se alza la torre prismática que sostenía el mecanismo de iluminación, hoy desmantelado. Estilísticamente, pertenece al neoclasicismo, aunque su cronología es algo tardía. En 1971 se construyó a su lado un nuevo faro de hormigón armado, pero fue demolido en 1998 para recuperar el faro original. Actualmente, se le ve bien pintado y demasiado reformado, habiéndose perdido parte de su esencia original para evitar su demolición... Una desgracia, por cierto. 


Fuera de todo patrimonio histórico, muy relevante es también la Reserva Marina de la Isla de Tabarca, declarada en 1986 y siendo ésta la primera de España. Su flora y fauna marinas son muy destacables, así como la limpieza y transparencia de sus aguas... Desde el Faro, si hacemos un alto en el camino y nos detenemos en el sendero que pasa junto a él, podemos sentarnos (en el suelo, por supuesto) y contemplar como rompen las olas bajo nuestros pies, a pocos metros de altura del nivel del mar. Las vistas, además de románticas, no tienen igual... Muchas son las playas y calas que he visitado a lo largo de mi vida sólo por el hecho de tomar unas fotografías, y pocas se parecen a las de Tabarca


También muy interesante de destacar sería la Cueva del Llop Marí, la cual no tuvimos oportunidad de ver. Se sitúa en la vertiente meridional de la isla, bajo las murallas, y presenta dos bocas contiguas con acceso por mar y es visitable por embarcaciones de pequeño calado, con un recorrido de 100 metros. Según la leyenda popular, es el refugio de un horrible monstruo marino, de cuerpo liso y viscoso con boca armada de dientes de diferentes tamaños y formas, al cual persiguen los tabarquinos por las noches. Si alguien ha tenido el placer de visitarla, podría contarnos si eso es cierto o no, :)


Nuestra visita no pasó de ahí, aunque he de reconocer que tomamos un breve baño en la playa, bastante rocosa e incómoda, aunque genial porque casi no te ensucias de arena. Tengo pendiente volver más adelante: hay muchas cosas que pasé por alto y que me gustaría volver a disfrutar. Ya sabéis: lo de "¡qué tiempos aquellos en los que...!" y siempre nos queda algo por hacer. Pronto dejaré un poco de lado los lugares 'con encanto' para volver a sitios encantados', pero ya sabéis... Aquí hay un poco de todo: concentro las mejores fotografías que puedo tomar un día cualquiera o una tarde cualquiera en lugares que, en cierto modo, están por descubrir. 


Pronto volverás... Mientras cuento los días, os muestro ésto...  Por si no lo sabes... Te quiero... Y ésto, en cierto modo, va por ti. 

miércoles, 4 de julio de 2012

El Valle de los Caídos (San Lorenzo de El Escorial, Madrid)

De camino a la provincia de Ávila, varias fueron las paradas que realizamos: áreas de servicio, llenar el depósito de gasolina, comer, pisar lugares que nunca antes pisamos... De hecho, esta última opción es la más valiosa: bajar del coche y respirar un ambiente por primera vez hace que uno se sienta el descubridor de la octava maravilla del mundo, ¿a quién no le ha pasado? Es como ser Cristóbal Colón el día en el que pisó América por vez primera... Unas 5 horas y media separan Alicante de Ávila, pero si uno decide meterse en el corazón de Madrid, la cosa puede extenderse considerablemente ¿sí o no? Sobre todo en plenas Navidades, entre semana y en horas punta. He de reconocer que nunca había estado en Madrid: mucho había oído hablar de sus museos, del Retiro o de las Torres KIO, pero no había tenido contacto directo con ninguno... La idea me apasionaba. ¿Por qué no? Madrid tenía que ser especial, ya no sólo porque las autovías pasan por en medio de la ciudad, sino porque todo parece sobre-dimensionado. 


Lógicamente, disfrutamos de las largas distancias, de los 'y tantos' carriles de sus carreteras, de los adelantamientos indebidos, de supuestas las cámaras de la DGT y de su polución. Y digo 'disfrutamos' porque realmente fue así... La mayoría de los caracteres específicos de Madrid los vi de pasada, pero con las ventanillas abiertas, sintiendo el frío en la piel y cantando a pleno pulmón mientras dejábamos atrás los carteles de dirección. Sin embargo, nuestros planes iniciales se 'truncaron' positivamente cuando estábamos ante el desvío hacía el Valle de los Caídos. La idea de visitarlo se encontraba totalmente fuera de planes por lo que, en un principio, lo pasamos de largo, mientras observábamos, a lo lejos, la Cruz de los Caídos, con la nostalgia propia de aquél que deja su tierra atrás para no volver. 


De pronto, ambos tuvimos la misma idea: un cambio en el sentido de la marcha,  no podíamos dejar pasar la oportunidad  que nos brindaba la vida para visitar un monumento de carácter histórico de estas características. Si bien es cierto mi ideología no me permitiría pasear por sus interiores, hice ademán de sentir sólo lo histórico y la belleza del lugar y me dejé llevar hasta lo alto de esa montaña en San Lorenzo de El Escorial (Madrid), donde se halla la basílica abierta al culto, prohibiéndose por completo las visitas turísticas. Desde el acceso al recinto, una carretera lleva al pie del monumento de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, desembocando en una gran explanada


Por cada metro que ascendíamos, el silencio era mayor... Tan mayor como el frío o la pureza del aire respirado. Nuestros ojos sólo alcanzaban a ver más que naturaleza perfectamente cuidada y las distintas tonalidades de verde del ambiente: pinos, robles, algunos olmos y, entre los arbustos, jaras, romero y tomilloA medio camino entre la entrada y la explanada, nos topamos con cuatro grandes monolitos cilíndricos, de granito, de un tamaño bestial y que reciben el nombre de "Juanelos." Tras estacionar el coche el aparcamiento que allí tienen habilitado, pudimos observar con tan sólo alzar la vista la más alta cruz cristiana del mundo, con 108 metros de altura visible a más de 40 kilómetros de distancia. .


Podía accederse a la base de la cruz por medio de un funicular. La altura total de la cruz es de 150 metros, y sus brazos miden 46, sin contar sus dos basamentos. A 25 metros de altura, en el primer basamento, se encuentran las esculturas de los cuatro evangelistas y sus símbolos (Juan y el Águila, Lucas y el Toro, Marcos y el León y Mateo y el Hombre Alado), mientras en el segundo, a 42 metros de altura, se representan las cuatro virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Ese día, no pudimos acceder al funicular, puesto que las personas encargadas de ello nos informaron de que había obras en la base y que no estaba permitido el acceso. 




Una vez en la explanada, el aire respirado es de una pureza inmesurable, como ya hemos dicho antes. Si retrocedemos décadas y décadas en el tiempo, podemos comprobar que nos hallamos ante monumento construido entre 1940 y 1958 que se encuentra a 9,5 km al norte del Monasterio de El Escorial, en la Sierra de Guadarrama, sobre el paraje del valle de Cuelgamuros. En su diseño participaron los arquitectos Pedro Muguruza y Diego Méndez, y el conjunto pertenece al Patrimonio Nacional desde 1957, año de su apertura al público. Francisco Franco ordenó su construcción, y está enterrado allí junto con José Antonio Primo de Rivera, fundador del partido Falange Española, así como con otros 33.872 combatientes de ambos bandos en la Guerra Civil, nacionales y republicanos. Según el decreto fundacional de 1 de Abril de 1940, el monumento y la basílica se construyeron para perpetuar la memoria de los caídos de la Guerra Civil Española aunque, posteriormente, los objetivos fundacionales del monumento se orientaron hacia una visión más reconciliadora, centrándose más en el plano religioso y espiritual.



Desde esas maravillosas alturas, lo primero que vemos es cómo, en la explanada, se encuentra la entrada a la cripta (o basílica) de 262 metros de longitud. Se excavaron 200.000 metros cúbicos de roca para su construcción, un trabajo verdaderamente polémico por el personal utilizado para su construcción: miles y miles de presos republicanos que redimían parte de la condena impuesta por sus contrapuestas ideologías. Si hacemos un poco de memoria, hasta hace varios años, cada 20 de noviembre (20-N, fecha de la muerte de José Antonio Primo de Rivera y de Francisco Franco, además de tratarse de las últimas Elecciones Generales), el Valle de los Caídos se convertía en punto de reunión para ultraderechistas seguidores del franquismo, y para seguidores de la Falange. A continuación, vemos un Escudo de los Reyes Católicos, perfectamente labrado en el granito: 


Tras un breve recorrido por la explanada y la toma de fotografías de los jardines desde ese ángulo, no tardamos en acercarnos a la basílica, con la primera intención de resguardarnos del frío tan característico de este lugar. En esa época del año, algunos andamios asolaban en lugar (mantenimiento, supongo), por lo que fue necesario dar algún rodeo que, finalmente, valió la pena, ya que conseguimos tomar algunas fotografías como la que os presento a continuación... Algo me decía que el ambiente vivido al cruzar el umbral podría ser gótico, claro reflejo de dolor y tristeza. Las bóvedas cruzadas aportan esa información a pesar de los colores claros en la decoración... La blancura en lo alto de una montaña refleja la luz solar, para reducir la sensación de frío, al menos visualmente. 


No poseo ninguna fotografía del interior (a día de hoy, está prohibida la toma de fotografías bajo techo) pero, en términos generales, os cuento que su puerta de entrada, construida en bronce, contiene una representación de los 15 misterios del Rosario y un apostolado, además de dos arcángeles del atrio. Tras un pequeño registro por la seguridad del recinto, comentar que, en la reja que da paso a la nave, se hallan representados cuarenta santos y está rematada en el centro con la figura del Apóstol Santiago, patrono de España. Las expresiones de cada una de las figuras son tan góticas... Sus rostros reflejan dolor, lágrimas y una historia muy triste a sus espaldas: la historia de la lucha, cada uno a su peculiar manera. Algunas inscripciones en placas corroboran esta sensación. 


He de decir que la oscuridad es un aspecto muy importante a destacar: recuerdo que casi fue necesario acostumbrar la vista al ambiente, tan lóbrego y tétrico como lo imaginaba. Reconozco que es necesario potenciar esa sensación, que irradia respeto a la hora de realizar cualquier tipo de visita, turística o no, a un lugar dónde yacen miles de personas de ideologías contrapuestas. Los arcángeles que dan la bienvenida son imponentes, como extraídos de una pesadilla común en la mente de un niño... Su altura es demoledora, y parece que van a cobrar vida en cualquier momento. No tengo fotografías, pero la imagen ha quedado grabada en mi mente de por vida, al igual que la la figura del Descendimiento que se encuentra justo arriba del primer acceso a la cripta, en el exterior. Su tamaño es tan descomunal como el de las estatuas interiores, todas ellas sin rostro... O, lo que es lo mismo, el rostro de la muerte. 


Cuentan las habladurías que la finalidad de esas estatuas (los arcángeles o ángeles custodios) no es otra que la de velar por los que allí yacen... O, en otras palabras, para evitar que los muertos escapen de su particular mundo y regresen al nuestro. Aunque ahora la sensación no sea la misma, puedo asegurar que, si alguien os relata algo así en ese ambiente, los escalofríos pueden recorrer el cuerpo del más fuerte, sobre todo si uno se deja llevar por la percepción de que las estatuas, aún sin rostro, son capaces de observar tus pasos. 


En su interior, la nave está dividida en cuatro tramos, y podemos divisar alguno de ellos en la panorámica exterior de arriba. Si seguimos el recorrido, encontramos en ella seis capillas y, en los murales, ocho tapices flamencos realizados en el siglo XVI, aunque los que hoy vemos son copia del siglo XX, teniendo como tema iconográfico el Apocalipsis de San Juan. El colorido de los mismos ejerce un contraste nada despreciable con el resto de la 'decoración', sobria y elegante... Además, conviene señalar que, como está excavado en alta montaña, las goteras son el pan de cada día, sobre todo en invierno, con el riesgo de lluvias y nevadas. 



El altar mayor es de una pieza de granito pulimentado. Cuenta con dos relieves de hierro dorado forjados que representan el Santo Entierro y la Sagrada Cena, y sobre el altar, se encuentra una cruz de madera de enebro con un Jesucristo. Tras él se encuentra la tumba de Francisco Franco y, frente a ella, la de José Antonio Primo de Rivera, encuadrados por cuatro arcángeles de bronce, que aportan una sensación igual a la de los de la entrada principal. Sobre el altar mayor se halla una cúpula de 42 metros de altura y 40 de diámetro, decorada con un bonito mosaico de diversos colores. En la cabecera del crucero está el coro, con sitiales en madera labrada, mientras en los laterales hay dos capillas con buena parte de los restos de las más de 40.000 personas que hay en la basílica, caídos en los frentes de la Guerra Civil, siendo aproximadamente la mitad de cada bando. Recuerdo no haber podido dar más de cinco pasos en el interior de esas capillas: considero que se siente uno observado desde el primer momento, como si estuviese metiendo las narices en el lugar equivocado. Impresionante. 


Una vez recorridos los interiores, procedimos a visitar sus jardines, que se expanden alrededor de la basílica y en los bajos de la misma. El verde se aloja hasta en los lugares más recónditos: paseos, fuentes, bancos, árboles, arbustos, musgo, flores... De todo un poco donde lo más abundante son los pinos, que cubren los suelos de 'bellotas' (como aquí se las conoce) y de esas hojas tan finas y puntiagudas que nos dan tanta alergia. 




Cansados de pasar frío, regresamos al coche... Teníamos la intención de visitar, aunque fuese desde fuera, la Abadía Benedictina que se encuentra en la cara opuesta, dentro del mismo recinto. Levantada sobre una explanada, está compuesta de dos edificios principales: uno, el más cercano a la Cruz de los Caídos, es la Abadía Benedictina propiamente dicha; el más alejado es una hospedería turística regentada por los monjes. En términos generales, el uso de la primera está orientado a actos religiosos y culturales, mientras en la hospedería rigen las normas de la abadía. 


El conjunto mide, en total, 300 metros de largo por 150 de ancho, y está flanqueado por las boscosas laderas de la montaña. No pudimos ver su interior, pero sí pasear por sus corredores, dado que no estaba demasiado concurrido para ser una mañana navideña. Sus bóvedas, decoradas al más puro estilo benedictino, nos regalan vistas como ésta, mientras desde sus balcones pueden contemplarse sus hermosos y cuidados jardines, de un verde casi desconocido para mí. El paseo puede resultar verdaderamente romántico, por contra de lo tétrico de la cara opuesta, donde todo lo que se respira es tristeza y amargura. Aunque las tonalidades también son blancas y pulcras, la sensación que se respira es muy diferente... Hay verdadera tranquilidad. 



Decir que, junto a la abadía, se encuentra el cementerio de los monjes benedictinos, cuya visita requiere el permiso de los monjes. Es la Orden de San Benito y no otra la que se hace cargo de la abadía debido a una decisión personal de Francisco Franco, siendo su primer abad el benedictino burgalés Fray Justo Pérez de Urbel. Conviene apuntar que, además, la basílica y la abadía están comunicadas a través de un acceso privado que cuenta con una gran puerta monumental de bronce.


Tras corretear a lo largo y ancho de los jardines, escondiéndonos tras los arbustos mientras contemplábamos lo altiva que se alza la cruz desde esas vistas, tomamos la decisión de marchar... Aún quedaba mucho camino por recorrer. Antes, comimos allí mismo, en el coche, resguardados del frío, algo que habíamos traído, todo ello antes de proseguir la marcha... 



La visita vale la pena... No sabemos la de rincones maravillosos con los que contamos en España. Tampoco sabemos lo que nos perdemos cada día, todo ese tiempo que no sabemos valorar y que, después, echamos de menos a cada momento... Va por ti.