viernes, 6 de abril de 2012

Acueducto de Segovia


España cuenta con unos rincones maravillosos, unos más explotados que otros... Parajes recónditos y no tan recónditos se arremolinan en torno a comunidades como la de Castilla y León crear las mejores vistas de los estilos arquitectónicos más importantes, adornadas con lo mejor de la ingeniería romana conservada como paño en oro. Hoy me apetece llegar hasta la Plaza de Azoguejo, en Segovia, a situarme bajo la parte más alta de su Acueducto y disfrutar de las vistas que desde allí pueden contemplarse. Muchos son los monumentos de ingeniería civil romana repartidos a lo largo de la geografía española, pero como el Acueducto de Segovia pocos podremos encontrar. Los segovianos están cansados de verlo cada día, de pasar por la plaza sin levantar la vista, y no los culpo por ello, puesto que uno acaba acostumbrándose a lo que tiene: Acueducto mojado por la lluvia, Acueducto nevado, Acueducto cuando se pone el sol... Sin embargo, a pesar de ello, es la obra de ingeniería civil romana más importante de España y es uno de los monumentos más significativos y mejor conservados de los que dejaron los romanos en la Península Ibérica. Se desconoce la fecha exacta de su construcción, pero los investigadores lo sitúan entre la segunda mitad del Siglo I y principios del II, y hace mucho ya de aquello... Sin embargo, todavía somos muchos los curiosos (me incluyo entre ellos) que pensábamos que podríamos abrazar una de sus columnas y hacernos una foto entre todos aquellos chinos que lo invaden cada día con sus cámaras desechables. 


Mi primer contacto con el Acueducto fue la noche de Reyes, con la espalda y el traseros cuadrados como una caja de tanto coche... Eran más de las 9 de la noche, veníamos de hacer una parada en Rivilla de Barajas tras llevar casi un día conduciendo para venir desde Ávila. El cansancio hacía mella y, para colmo, no teníamos lugar dónde alojarnos... Con el GPS bajo en batería y un frío fuera que helaba la sangre (en Elche había 15º y allí estábamos bajo 0), recuerdo pasar frente al Acueducto casi por casualidad y tener que contener el '¡Ala!' que se me escapó ante una de las mejores iluminaciones que he visto en mi vida: un total de 168 arcos componen una obra capaz de dejar boquiabierto a cualquiera con sus 28 metros de altura en la zona más elevada, estando construido, únicamente, con sillares de granito colocados sin argamasa entre ellos. 


Tras haber cogido (casi de chiripa) una habitación en el hotel más cercano al Acueducto, el siguiente paso estaba claro: conseguir algo para comer rápido mientras disfrutábamos del mayor frío que jamás hayamos sentido, eso sí, acompañado de las mejores vistas. Tengo muy vagos recuerdos de la primera noche (más de 700 km en día y medio, casi sin dormir, no están nada mal), pero centrar la atención en la Plaza de Azoguejo, mirar hacia arriba y sentirse embriagado por esa sensación no tiene precio. Cuando no se conoce el acueducto en persona, por nada del mundo se podría imaginar su altura, bestial, enorme, sin palabras. Cada uno de sus ángulos lo convierte en un monumento simplemente genial, completo, donde parece que cualquier deseo puede convertirse en realidad con tan sólo pedirlo en voz alta.

La noche no dio más de sí... Tras conseguir unos bocadillos (todavía recuerdo lo ricos que estaban) y visitar algunos monumentos más mientras los niños disfrutaban de la Cabalgata de los Reyes Magos (que tenía lugar a escasos metros de allí) acabé durmiendo sin enterarme de nada. Eso sí, a la mañana siguiente hubo que madrugar, y no poco: no estábamos allí para perder horas; esa misma noche teníamos que dormir en casa, y el hecho de pasar por Segovia no estaba preparado, así que ya podíamos correr... ¡Y bien que corrimos! Lo primero, sin duda, fue sacar la cabeza por la ventana... Estando tan cerca del Acueducto, seguro que algo podría divisarse... Y así fue: en esa calle tan estrecha, más propia de una maqueta que de la realidad, detrás de los edificios, podían divisarse parte de los arcos que nos habían llevado hasta allí. Lo siguiente, fue la terraza... Y desde luego que la sensación de poder tocar las alturas es indescriptible. Sólo de pensarlo, todavía me erizo... ¡Ese pedazo de acueducto no cabía en mi cámara! 


A pesar de que estamos en Abril, en Segovia sigue nevando... Pero, desgraciadamente, el día amaneció soleado... Con 2ºC, ropa de abrigo y todos los trastos en el coche, sólo quedaba fisgonear la ciudad... Eso sí, creo que ha sido la que más rápido he recorrido nunca: en 3 horas bordeamos un casco histórico donde edificios como la Catedral o múltiples iglesias románicas y góticas son capaces de enamorar nuestros sentidos. 


El acueducto, sin duda, fue el monumento que mayor impacto visual me causó... Lo mirase desde donde lo mirase, simplemente, era genial. A su paso por el centro histórico, corta con la muralla y las vistas que nos regala es de auténtico cuento de hadas... También tiene su leyenda, como la mayoría de las casas encantadas, y no sabemos si será cierta o no... Lo que tengo claro es que, cuando recuerde Segovia, lo primero que veré será su acueducto.